
Es un día precioso; la primavera está en pleno florecimiento, y en el cielo el sol destella con fuerza. Todo salió como lo había preparado. No fue algo de esta semana, ni la otra, ni la anterior de la anterior. Lo pensé y preparé durante meses: aprender nuevas técnicas, aprender natación, escuchar a los que saben, tomar clases, recordar experiencias pasadas; en definitiva, aprender a aprender para poder brindar.
Sin embargo, más allá de los miedos y ambigüedades, esta semana fue una fiesta. Pensé cada detalle: la cena, el desayuno, qué cosas llevar, cómo ir, y un *outfit* que me haga brillar como el sol que ilumina, porque hay una estrella a la que quiero encandilar.
La elegiste a ella para tu primer viaje, para esa experiencia de incertidumbre y miedo. Ella te eligió a vos, porque no con otra persona se animaría. Eso la hizo la compañera ideal, porque mientras vos trabajabas, ella también pensaba, también preparaba, y con el mismo amor compró todo y lo preparó todo, sin dejar detalle fuera ni cabo sin atar. Con ella, todo riesgo es una aventura.
La noche anterior, la miro preparar, estar, reír y dormir. Me llega a la mente la seguridad y confianza de saber: sí, esa persona es la que quiero para esta aventura, este viaje y muchos más. Despertás por la mañana y ahí está, durmiendo dulcemente. Se despierta, y sin dudas, al ver su sonrisa, sabés que está al pie del cañón, totalmente preparada, y solo puedo sentir cómo se me infla el pecho de orgullo y ganas.
Es un viaje que a ciencia cierta no sé cómo va a salir, pero, sin embargo, mi aliada me inspira una confianza arrolladora: lo puedo todo y más.
Así comienza el día, el viaje hacia el verdadero punto de partida: el muelle del club La Marina. Tomamos algunos transbordos y, entre risas, charlas y complicidad, llegamos alegremente al club. El día está sensacional, y si lo repetís fuerte internamente, nada puede salir mal.
Lo tienen todo: las ganas, el amor, el compañerismo y la fuerza, junto a un puñado de sueños, mate, comida en abundancia y ganas de vivir.
En los vestuarios nos cambiamos, nos preparamos y, ya listos, pedimos el bote. Hago el registro. Todo avanza; cada segundo queda grabado en mi memoria.
Remada a remada nos vamos comprendiendo. Ella me hace de timonel; ahora mi compañera guía el camino mientras yo remo con fuerza. Con mucha paciencia y amor se adapta a mis correcciones, presta atención, se equivoca y se ríe, se deja sorprender por el vértigo y vuelve a reír. Cada momento que pasa me enamoro más y más, y por momentos no sé si estoy remando o volando. Su rostro es de porcelana y me permito perderme en él, porque total, ella dirige.
Le sigo marcando el ritmo y, entre ayudas y remadas, ella da lo mejor. No se queja por más que tiene miedo y no lo dice, sigue entregada a hacerse cargo de algo que nunca experimentó, y yo solo puedo amar esos detalles.
Entre oleajes molestos y fuertes, y barcos poco gentiles a la hora de rebasarnos, avanzamos remada a remada. Pareciera que en cada una de ellas puedo mirarla y reafirmar lo especial que es para mí. Ella disfruta del paisaje, yo me embriago de ella. El río se vuelve manso como el paño de una mesa de *pool*, el bote se desliza sobre el agua como si la cortara, como una tijera corta un paño de la seda más delicada. Las remadas son fluidas, el canto de los pajaritos, los árboles, la naturaleza... Solo hay risas y amor. Nos tomamos un tiempo para descansar, apreciar y relajarse en un muellesito abandonado que hay en un remanso del río.
Luego de un rato, comenzamos el regreso. No sabemos dónde estamos, en realidad nos perdimos sin darnos cuenta, tampoco sabemos qué tanto nos alejamos. Cuando uno está con quien en serio ama, las distancias y el tiempo se desdibujan.
Ahora, en el regreso, aunque con charlas y más risas, nos damos cuenta de lo lejos que nos fuimos. Mis piernas y brazos ya están cansados y la técnica me empieza a flaquear. No quiero decir nada, yo puedo si ella está de timonel, nos está guiando de regreso y es ella quien me sostiene sin siquiera saberlo.
Sigo avanzando, mucho más cansado, pero firme, y a medida que volvemos a lugares más habitados, de cabañas y parajes, el camino y el oleaje se ponen más difíciles. Sin siquiera notarlo, van casi tres horas de remada. El sol que en un inicio era amigable ahora se pone agobiante, ya no es gentil y, aunque hermoso, hace sentir el rigor. En eso, noto que estoy deshidratado y que el agua que olvidé hace notar su ausencia. No imaginé que tan lejos podía llegar si ella está frente a mí. No importa qué tanto se está picando el río, estás decidido y mi timonel me alienta.
Entonces llega el tramo final. El río, que de ida era difícil, pero menos transitado por la hora mañanera, ahora es una autopista de lanchas colectivos y catamaranes de ambos lados. Lanchas que pasan a toda velocidad, motos de agua y yates de una envergadura que te hacen sentir ínfimo. Las aguas se ponen bravas: oleaje y contra-oleaje, y el río Luján, como suerte del destino, va en contra de tu sentido. Ahora que casi no se puede avanzar, estás más que agotado, casi completamente depletado, pero que mi timonel tenga el mando del bote es menester para que no deje de remar con más fuerza en medio de un río enardecido.
El río se agita más y más. Ya no importa cómo, ni dónde posicionar el bote; el oleaje es implacable y ningún lugar es seguro. La adrenalina te desborda y las fuerzas te abandonan, pero seguís, porque ella, mi timonel de este viaje, no deja de alentarme, y son sus fuerzas las que ahora me impiden abandonar. Ella me alienta, me ampara, me motiva la resiliencia.
Ves en su rostro la seguridad de un capitán del Mar de Bering, sin embargo, sabés que siente un miedo que por mí jamás me querrá decir. Ese *plus* de no importar los miedos, de ser firme, eso me alimenta con la energía del sol que sigue golpeando inclemente.
Seguimos río en contra, el río completamente batido. Mis piernas duelen desde los huesos, tengo que remar, porque si no remo, ella no puede timonear. Así que por ella remás. La espalda no me da más del dolor, los brazos no me responden, no los siento, pero voy a remar. Estamos muy cerca, pero avanzar un metro puede tomar más que minutos; es cerca, pero muy lejos. No importa, algunos muelles serranos invitan a abandonar, pero no, por ella no abandonás, por vos, remás.
Duelen los viejos callos de otras épocas, las ampollas reventaron y remás sin piel en algunas partes de las manos. Los remos se ponen resbaladizos entre la transpiración y el líquido de las ampollas que no paran de sangrar. La cintura ya es un bloque y las piernas ya no soportan, pero remás, porque cada vez que levantás la vista ardida por la transpiración que cae, la ves: está ella. Y la amás. Y cada vez que bajás la vista para solo enfocarte en remar, está su voz, y cada remada que das es la mejor manera que tenés de decirle te amo.
No importa cuánto mi mente me diga que afloje, mi corazón es tenaz y rema. No me rindo, no puedo, no debo, no sé hacerlo. Remo y corazón.
Todo el cuerpo está en una cámara de vil tortura y cada momento es un golpe o latigazo. Ya nada me responde, las muñecas a penas pueden girar las palas, el tiempo pasa, el bote parece no avanzar, el río en contra parece un rápido en bajada y las olas traicioneras empiezan cada tanto a colarse dentro del bote. Los barcos inmensos parecen jugar a pasar cerca, pero está ella, y la esperanza y confianza son mutuas, y remo.
Que las ampollas sangren, que los callos se rajen, que el cuerpo sucumba, mi corazón infatigable sigue. Ella está en nuestro bote, tengo que remar.
Tenés que poder, vas a poder, podés. El viaje amigable de inicio que nos recibió con una gran sonrisa, ahora es el verdugo que nos pone a prueba. Si dudo un momento, levanto la vista, miro hacia adelante, ella está ahí, escucho su voz fuerte, lo siento en mi corazón, voy a remar, no voy a parar.
De un momento a otro, llegamos a la rampa del club. Las piernas no me responden siquiera para pararme. Todavía falta subir los ciento y tanto kilos del bote a rastras por la rampa y esos metros son kilómetros. Agarrar la esponja para sacar toda el agua que entró del oleaje. Las piernas tiemblan al caminar. Te sacás las zapatillas completamente mojadas. Voy al quiosco del club a comprar agua, aturdido de todo lo sucedido, mientras ella prepara la merienda con amor y alegría para reponernos juntos de un viaje tan especial como arduo. Prepara cada alimento con la misma entrega con la que me vio remar, y con amor me potenció a no bajar los brazos.
Te tirás al pasto y te da un sándwich casi con desesperación. Das un bocado, masticás suavemente, es lo mejor que probaste en tu vida. Tomás un trago de agua, se quedan mirando, sonreímos, porque lo sabés y lo sabe: por ella remás a donde sea, no importa cómo ni a qué costo, porque sabés que al final, ella está ahí para reconfortarte.
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