lunes, 25 de abril de 2016

Noche Gelida

Noche gélida de invierno en aquel barrio emblemático de Villa Crespo, donde se forjaron heroicos personajes del viejo Buenos Aires. Justo ahí, en una modesta habitación, muere un poco cada día. Él es un simple laburante de changas que aprendió a conformarse con realizar tan variados como esporádicos trabajos que son convite de algún buen amigo que se acuerda de él.
Salió como huyendo de ese pequeño cuarto con olor a humedad donde habita en aquel conventillo tan porteño y añejo como la misma ciudad. Con una sensación de asfixia y ahogo aferrada a su pecho, por lo tanto prefirió escapar a la intemperie a quedarse en aquel panteón con la carcelaria sensación que le genera ese claustrofóbico hogar, hogar dulce hogar. Llegó al umbral de la puerta, donde miró hacia ambos lados, evitando ser sorprendido por algún personaje que se encuentre en desventaja éticas y morales con él. Con un fuerte respiro profundo sintió  el aire congelado,  frío como la misma muerte, llegando a cada rincón de sus pulmones y soltando un extenso suspiro, al tiempo que la sensación de alivio acompañó el pensamiento de que en aquel cuarto ya no podía respirar.
Se dirigió a la plaza que se encuentra a unas cuadras de su casa,  mientras da los primeros pasos en las piedritas rojas, insignia fiel de toda típica plaza donde como niños jugamos una vez. Se tomó un tiempo para añorar aquellos alegres años, tanteó el atado de cigarrillos Pall Mall Rustic y encendió su calma para mitigar la ansiedad que lo aquejumbra.
Un contraste atípico pero trillado es el que brinda el silencio atroz que transforma la plaza de juegos en un cementerio abandonado,  que sin embargo,  resalta cada pequeño ruido que suena  como un grito despavorido, por ende remarcando la quietud de una noche muerta como su propio instinto de ser feliz.
Sentándose en el banco observó la tranquilidad y pudo prestar atención a cada detalle. El movimiento de cada hoja de plátano mojadas por la lluvia de hace unas hora recrudecen un invierno polar y hacen que el frío sea una imagen que ingresa por los ojos mientras una cruda sensación en la piel se escurre  por las suelas de las zapatillas, suelas que apenas son un fino límite entre él y las piedras rojizas de la plaza, asimismo pudiendo sentir a estas entre sus dedos. Entre todas estas sensaciones que acribillan sus sentidos, ninguna logra hacer mella a su inquieto pensar. Nuevamente comienza como siempre con su castigo rutinario del por qué tanto por nada, ni por la mísera limosna de la paz interior.
Pareciera que el juego de ayer es la realidad de hoy. Y que el jugar de chico con las herramientas de papá lo tallaron haciéndolo heredero de un oficio y además  de la mediocridad absoluta en la que está sumergido. De su abuelo a su padre, y de ahí directo y sin escala alguna hacia él, nadie le enseñó a ganar, solo a sobrevivir y fue por eso tal vez que jamás apuntó mucho más allá de esa norma.
Honrado y trabajador, educado y servil y un hermoso yugo que lleva como collar amansador de sueños aniquilador de autoestima.
Agachó la vista miro sus ojos detenidamente en el reflejo en un charco de agua clara, tan profundo como su percepción de la realidad,  observó detenidamente sus propios ojos. Trató de entender mientras una a una caían sus lágrimas y, perdiendo el control, sus represiones y amarguras subieron la compresión en su pecho, solo pudo escupir quejidos y palabras sin sentido mientras recorría un rally de profundas miserias prohibidas. Se fundió en una angustia incontenible tratando de comprender, pero cuantos más intentos iniciaba, más acertijos nacían. Y estas situaciones que aparecen no buscan claudicar, siguen fuertes teniendo el control.
Entre esquizofrénicas voces una sola trae algo de paz, el solo recuerdo de su abuela con sus mandamientos llega entre tenebrosas sinapsis.
“Respeta”
“Respeta tu origen”
“Respeta quien sos”
“Respeta tu historia”
“Mirarás la calma llegar”
“Levanta tu pesado antecedente y sigue, cualquier cosa menos cobarde mi’ijo”.

Mientras volvió a casa, apago su pensamiento, sojuzgó su alma, y tomando nuevamente la inercia  regresó a lo inerte

jueves, 10 de marzo de 2016

Relatividades

Y me encuentro nuevamente frente al teclado y dando a luz una nueva mirada del pasado para tal vez entender ahora y prepararme lo que se aproxima en el futuro.
No tengo hoy una corriente de ideas que floten en un rio de espontáneos sentimientos, Son sin embargo, pensamiento nacidos de charlas pasadas narrando viejos recuerdos que anidan en mi memoria tan añejos, tan frescos. Locuras de un pasado, momentos tormentosos que hoy me saben tan dulce, y que al traerlos a la vida me es imposible no esbozar una sonrisa. Creo que es innato en todo ser humano, paradójicamente, nuestra amargura de hoy, será la miel de mañana, Pensémoslo un momento; es una verdad que casi todos odiamos la guerra pero que lindo es perder el tiempo mirando un documental de Vietnam en esos canales de documentales históricos.
En ese razonamiento simple es en el que hoy fundamento lo narrado, como el pasar del tiempo hace que todo sea tan inestable, por eso considero que nunca tengo todo ordenado, si no, más bien lo voy ordenando conforme avanza el almanaque. Ordenando el cajón de mis recuerdos llegue a ese rincón al que muchos temen otros no tanto, esos rincones que dejamos para el amor y cuando chusmie más exhaustivamente me di cuenta de que cantidad de increíbles anécdotas vivencie, que indudablemente  narradas por otro no las creería. Así fue que el amor y la locura me llevaron a querer indagar a mis amistades durante un tiempo y conocer sus demencias, Solo para encontrar al más loco entre los locos, y puta madre que muchos están sueltos sin medicamento aparentando cordura. Y si digo locos es por qué si hay algo que tiene el estar enamorado es la falta total de razonamiento criterioso.
Y así fue como amigo tras amigos me contaron como viajaron grandísimas distancias, soportaron lo insoportable, vendieron su alma al diablo, dejaron amigos, se pelearon con su familia, cambiaron de carrera, abandonaron su deporte o la tan famosa frase que engloba esta o muchas otras más como varias de estas en conjunto *perdí mi dignidad* y lo más lindo es que no solo una sino varias veces fueron uno a uno contando como en distintas relaciones fueron cometiendo lo que hoy llaman pecados.
Reflexionando sobre lo analizado note como todos de repente de sus batallas perdidas hacen bandera y estandarte, que no hace falta duplicar la apuesta, seguramente alguien va a salir a tomar el guante y retar a los padrinos y demostrar a viva vos de que el sí fue mucho más inocente infeliz, porque, y si quieren los invito a probar, no hace falta decir camine 100 cuadras para que alguien diga y yo!! Ja! 340!! y al instante otro diga JA yo 50 pero empujando un tanque, y así sucesivamente se baten a duelo entre risas, poniendo sobre la mesa insensateces indescriptibles.
y sin importar cual haya sido la locura de cada demente ! todas absolutamente todas las anécdotas concluyeron con un *no lo repito ni en pedo ni drogado* y es que debo decir que de eso jamás tuve dudas. Seamos sinceros nunca nadie realizaría ninguna de esas hazañas ni en pedo ni drogado, pero tengo por seguro que enamorado si, enamorado hay que dar por hecho cualquier gansada. Es así y no deja lugar a dudas; repito pruébenlo comentarle algún amigo vos realizarías tal cosa y la respuesta es Ni EN PEDO, de ninguna manera será NI ENAMORADO
y entre tantas locuras o entre tanto amor note como las escalas son tan relativas y como en distintas ocasiones se repetían una y otra vez un conformismo abrumante, que llamare Ley del desierto y es que cuando caminamos demasiado tiempo en el desierto cualquier cosa nos parece mucho, en el amor nos acostumbramos tanto al menos diez que el cero nos parece demasiado.
Increíblemente nos acostumbramos a darlo todo, y no recibir nada, calculo que la fuente de lo antes mencionado fue de chicos, es que cruelmente nos mintieron con que hay que dar sin esperar nada a cambio, solo de corazón, que vil mentira, lentamente comenzamos a generar la peor de las costumbres. En ese juego de palabras noto que totalmente enceguecidos y aludiendo a esa norma, muchas veces entregamos el corazón dejándonos sin vida para nosotros.

Y cuanto más busco y reviso tratando de desenmarañar esta trama de insanos pensamientos de cuanto loco enamorado escuche hablar, pienso que tan cierto será aquel chiste de Mafalda, y calculo que dios si patento la idea de un manicomio redondo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

No apto para todo publico: Capitulo 5-Seguir Caminando

Seguí caminando mientras llegaba a casa y el perfume de madre selva y jazmines recién regados por el vecino me dan la bienvenida a mi cuadra. Caminé frente a mi hogar, pasé de largo para dirigirme a la panadería del barrio. Entré, dí los buenos días y con algo más que hambre pedí una cremona grande.
- Llegás justo! Ya  sale del horno. Está calentita. – Afirmó.
-  Buenísimo!

- Llevala con la bolsita abierta así no traspira, tomá para no quemarte los dedos. – Y me dio un pedazo de papel.
Pagué con lo último que guardaba en la billetera y me dirigí a casa como quien lleva entre sus manos un tesoro. El aroma me tortura, no sé cómo disimular el apuro por tomar unos mates con este manjar caliente.
Entro a casa  pongo, la pava, preparo el mate, dejo la cremona en la mesa sin antes pellizcarle un trocito, el solo cortarlo, sentirlo crocante, la temperatura, el aroma, todo es perfecto. Lo saboreé cuanto pude mientras le quité el polvo a la yerba y esperé que el agua termine de calentarse.
Encendí la radio y con los primeros mates inconscientemente se me escapó un suspiro. Sentí como me alimentaba de mis propias amarguras y haciendo tripa y corazón logré encontrar la alegría conformista en mi reflexión entre mate y samba surera que suena bajito de fondo.
Aunque el hambre me invita a seguir comiendo, guardo el resto para el más tarde del hoy a la noche y el más temprano de mañana a la mañana.
Me pegué una ducha caliente, me puse ropa de entrecasa, me tiré en la cama a simplemente dejar que pasen las horas. Inexorablemente como un rito inevitable llega la catarsis rompiendo todo a mi alrededor, zambulléndome en mi propia melancolía, melancolía que trato de por todos los medios no recibir; añoranzas de años pasados.
Tiempos de anteaño donde seguramente el sufrimiento era más intenso el esfuerzo más abrumante, pero en contrapunto del hoy, existía una razón por la cual bancar todo ese peso sobre la espalda,  es que en el barrio me esperaban mis amigos en aquel kiosco donde supimos ser amigos/clientes, en una hora pactada donde sin peros de lunes a jueves nuestro leit motive era resolver el mundo y reírnos de meras pelotudeces. Éramos lo suficientemente maduros para trabajar y deslomarnos pero también suficientemente jóvenes para casi desear jugar un rato a la mancha.
¿Pero ahora qué? ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué tanto esfuerzo? Reviso paso a paso mi vida, cm a cm, no veo en lo absoluto en un  futuro próximo  o distante  que me espere algo mejor, la inercia de cada latido me lleva a seguir, entre pensamientos tóxicos nauseabundos y narcóticos, me  veo sumergido en dulces pesadillas donde viejos hermanos me saludan abrazándome fuerte, ahí siempre me esperan de ese lado.
Luego de la siesta despierto solo nuevamente y como instinto  repito el rito. Pava, cremona y suspiro, está vez en silencio pensando que mañana es el día, mañana depositan, mañana una vez más comienza las cuentas del cuánto debo cuánto cobro, cuánto me queda cuánto como…cuánto y porqué, cuánto y para qué, es casi un instinto vulteránico el que me lleva adelante aunque carente de un porqué
El agua esta fría, limpio el mate, me dirijo al cuarto donde inmerso en su quietud me acuesto, cierro los ojos y escupo un rezo al abismo en el que vivo, no creo en Dios ni en ningún tipo de ser, pero me veo en la necesidad de escupir a la existencia mis amargos anhelos para que en un signo de bondad poder partir, descansar.  Y en ese recite interminable quedo dormido.
Nuevamente suena el despertador, nuevamente el mate, la cremona de ayer  el gusto a viejo de un día nuevo, de una vida gastada, otra vez el motor interminable, el sentimiento atado a mi garganta que me castiga pero me obliga a seguir. Con más agua caliente que otra cosa en el estómago, el sabor amargo del desayuno propio de un argento otra vez a la parada del colectivo, el hall del edificio, las personas que ingresan a la oficina, las horas que no pasan. La asquerosa ceremonia.
Nuevamente camino por vías abandonadas rogando que pase el tren.





domingo, 15 de noviembre de 2015

No apto para todo publico: Capitulo 4 -Gaitero Del Tren

Foto: Martin Losada

GDT – Buenos días mis queridos espesajeros, soy un músico más de este querido medio y toco la gaita. Vengo a pedir respetuosamente su tiempo y atención – Mencionó el gaitero del tren mientras miraba de un lado hacia el otro del vagón. – Si alguien no le agrada, no quiere o no le interesa escuchar lo respeto y sin más me retiro al vagón siguiente, ya que no es mi intención generar mala onda. – Agregó.

Por un instante se puso un cono, que traía consigo, cual audífono apuntándolo de lado a lado como buscando escuchar alguna queja o comentario mientras sugirió – Este es el momento, hable ahora o calle para siempre.

Debo admitir que es el ingreso más ingenioso que escuché. No sólo eso, si no también logró que me riera y en consecuencia extirpara de una forma rápida la mala onda que había incubado, fruto de la situación anterior. El músico continuó – Muy bien! Como el que calla otorga… – Se inclinó, sacó su gaita de la valija y comenzó a tocar.

Sinceramente no sabía que esperar pero sin prejuicio presté atención a la dulce melodía  y como un pasaje gratis me trasladó rápidamente a los paisajes que alguna vez me relató mi abuela del pueblo donde vivió mi abuelo. Lugares como la Provincia de Pontevedra, sus puentes sobre el Río Miño, los prados verdes, las iglesias fortificadas, esas calles empedradas de aquella época colonial, los pasadizos y cada rincón invita a caminar y explorar el lugar. Con la gaita de fondo puedo imaginar a los niños de esa época jugando a la escondida.

Junto con la llegada a la estación terminó la canción al grito de – Fueeerrte ese aplaaaauuusooo.– Con esa exclamación volví a la realidad. Entonces noté a un viejo de boina marrón que muy emocionado le pidió una muñequeira. Nuevamente con permiso del público y luego de una breve charla con el abuelo (quien le explico cosas que no llegué a oír) comenzó a tocar.

Yo ya sin rencor y angustia decidí pasar mi estación para remontarme a un nuevo viaje a otro país en otra época. Nuevamente cesó la melodía; para esa altura ya había dejado pasar otra estación y llegábamos a Retiro.

El GDT avisó que pasaría la gorra y les explicó sus espesajeros que podían descargar su mala onda en él, que realmente todo aquel que quisiera podría hacerlo sin limitaciones, porque a él no le importaba la mala onda, no lo afectaba. Además llevaba consigo un espejo para que aquellas personas puedan ver su reflejo. Y agregó – Quien me mire con cara de culo se verá así mismo con cara de culo y terminará riéndose de sí mismo y también este espejo es para aquellos que me sonrían, así verán su propia sonrisa. Ya que no hay nada más lindo verse sonreír. Y quien quiera y acepte les robo una foto.– Fue entonces que decidí abrir mi billetera. Como tenía veinticinco pesos sólo pude darle cinco. Consideré que era lo mínimo que podía darle después de lo que hizo por mí.

Bajé en Retiro donde el cardumen de personas desbocadas por llegar primero al molinete me llevó por delante. El aroma a panchos y hamburguesas mezclado con el perfume de algún transeúnte le da a este sitio algo particular, las estructuras metálicas arcadas de tamaño faraónico y que en su cima se pueden observar los nidos de palomas, los vidrios que al ser todos diferentes evidencian que fueron emparchados con lo primero que se pudo del pañol de mantenimiento. En ese momento subí al tren que esta vez me dejaría en Belgrano R., aquella estación rodeada de caserones que contrastan entres quienes prefirieron preservar la arquitectura de antaño y quienes eligieron el futuro de la modernidad. Los colegios Pestalozzi y General Roca generan la misma contrapunta entre lo privado y lo público, y a unas cuadras de ellos el Buenos Aires High School con la insignia tradicionalista que este representa. Con la mente más despejada me fue inevitable pensar nuevamente en aquel hijo falso, en su cara y en toda la crueldad que percibí en aquel momento y fue así como recordé al hijo que alguna vez tuve y que extraño. No era mío pero gracias a él nació en mí un amor paternal de potencia tal que me fue imposible abandonar la idea de que alguna vez quiera venir a conocer al loco que lo amó sin medir razonamiento, como el amor manda, sin medidas. Y en ese momento recordé que aprendí tanto de él y que seguramente mucho más que él de mí. Indudablemente supe que él no me conocerá ni que lo esperaré. Seguramente no sabrá que sin ser su padre aun así lo amé y lo amaré. Fue entonces que bajé del tren y caminé por la plaza de la estación pensando en su rostro, en su voz. Recordé su aroma y sentí todavía el sabor de las tardes de galletitas, leche y Mickey Mouse. Con ese sabor a frutilla, vainilla, y chocolate recordé con melancolía aquel verano feliz.

Noté que unos morimos ahogados en deseos y otros apuñalan oportunidades.

                                                                                                      
Al GDT que continúa cambiando los días de los espesajeros en el tren Mitre.

domingo, 6 de septiembre de 2015

No apto para todo publico : Capitulo 3 - Hijo Falso



Y son las 15:00 lentamente me dirijo a fichar, quiero irme rápido pero no debo, por que hasta en eso supervisan mi jefes, es por eso que debo tener la picardía de fichar impuntual. Si un empleado se retira en punto implica que se retiro 2 o 3 minutos antes de su puesto de trabajo, y eso habla a las claras, según sus directrices, de un empleado que esta mas atento a dejar de trabajar y  seguramente en un mal desempeño, así que me tengo que tomar unos minutos mas antes de ir a fichar. 15:06 registro mi huella digital, tengo que ser prudente, si los minutos iniciales De mi turno de guardia no parecían correr, los 6 minutos extras en mi trabajo fueron algo mas que eternos.


De niño en la iglesia nos decían: “nadie sabe los tiempos de Dios, 1000 años pueden ser 1 segundo o 1 segundo pueden ser mil años” creo que hoy logre resignificar esas teorías. Camino nuevamente hacia la estación de tren, el día está despejado y el clima es templado. Al subir me recibe un por alguna razón inexplicable, agradable perfume a Kaotrina y, con una extraña sensación de agotamiento en el pecho me dispongo a esperar el tren bajo la tibia calidez del sol. Me distraigo fijando la mirada cada tanto el cartel que informa la llegada del tren en algunos minutos, y releyendo por enésima vez el mismo cartel que invita a la memoria de lo sucedido en aquellos años nefastos del 76. Entre esa cantidad de imágenes que van llegando, es cuando de pronto me observo una tan cautivadora como breve historia. De pronto me percato de cómo una chica prolija de trajecito negro, camisa blanca y zapatos de taco, de cabello azabache unos ojos grandes color azul y un perfume que invadió mis sentidos, desplazando por 1 minuto el olor a Kaotrina y llevándome en milésimas a una primavera en algún lugar hermoso. Veo como de pronto ella se cruza con un viejo perro que daba vueltas por el andén hace un rato, tiene el lomo encorvado el pelo mal distribuido y en varios lugares se le nota solamente la piel seguramente hambriento y bastante descuidado. Ella sin dudarlo un instante extendió su mano para iniciar el contacto, el se freno, olfateó con desconfianza, puedo asegurar que debe ser el aroma mas dulce que saboreo en su vida, luego de años metiendo su hocico en incontable cantidad de agrias bolsas de basura y comida putrefacta. Ella se acuclilló casi deseando protegerlo en su regazo, comenzó a realizarle mimos. Todo comenzó a pasar muy lentamente mientras internamente rogué porque ese tren no llegue nunca. No pude dejar de mirar hipnóticamente esa situación, como caricia a caricia se entregaba mucho mas que mero entendimiento, disfrutando cada segundo de esos mimos. En sus ojos desbordaba tristeza y comprensión, pude notar indudablemente que hacia mucho que no experimentaba en una situación de semejante entrega desinteresada y agradecimiento; en sus pupilas se escondía un grito reprimido que cuenta la historia de años de estar vagabundeando entre caricias de extraños, malos tratos y corazones fríos, mendigando al menos un poco de cariño desinteresado, pasando entre abrazos y caricias de manos desconocidas. El perro también es sabedor de esos bemoles y paso por semejante situación más de una vez. Son almas gemelas, son seres distintos, ambos se necesitaban el uno al otro de una manera indescriptible, sin embargo la bocina del tren llego anunciando separación inminente.


Las puertas de se abrieron, ella subió mientras la observo desde la esquina del vagón que compartimos. La formación empieza a moverse y ella niega apartar su mirada del perro que se recuesta nuevamente.


Los nuevos trenes parecen estar diseñados para ayudar a que nos concentremos en el paisaje y en nuestros pensamientos, ya que casi no se sienten los ruidos de las vías ni los motores, se exhiben blancos, azules y celestes, tecnológicos y climatizados (como un consultorio medico). Y Aunque en el abundan los asientos libres, decido ir del lado contrario de la estación, ubicarme contra la puerta y el apoyo isquiático (según el cartel) aprovecho para intentar despejar la mente mirando el paisaje que brindan las vías. El tren no termino de salir de la estación ni yo recrear la vista que la gélida realidad una vez mas me toma por rehén, obligando a mi atención a mirar detenidamente una situación que jamás voy a olvidar, Por mas que lucho me es imposible mirar a otro lado, no puedo hacer que esto pase desapercibido. Hay días en que la recurrencia de estas imágenes me hacen reflexionar que tan ártica y desértica puede ser una ciudad de millones de personas. Y será que en determinadas fechas estoy más abierto a que me acribillen estos retratos por tener una sensibilidad predispuesta a recibirlos con el corazón a la intemperie. Justo frente a mi una madre con su hijo están sentados, su hijo falso, como describir a ese niño, era hermoso, sus ojos las mejillas y la inocencia pura que la edad de los 2 años aproximadamente brinda, regordete rozagante, tes clara y pelo castaño claro tiene la cara sucia haciendo juego con sus manos dando como evidencia absoluta de que por seguro estuvo comiendo algún tipo de Golosina o dulce. El niño mira por la ventana, se entretiene con el paisaje y cada tanto con una expresión de interés y amor intenta hablar por medio de balbuceos a su madre


– ¡TaTa! – dijo mientras apoya su manito entre el pecho y el hombro de mamá, –Tata da – repitió mientras intento hacer contacto visual inclinándose hacia abajo y mirando hacia arriba, buscando interponerse entre la vista de su madre y el celular, creyendo seguramente que de esa manera encontraría la atención que busca. Poca suerte tubo ya que su madre tenía solo la vista perdida en la absorbente tecnología, es fácil decir que en dicho móvil estaba perdiendo su vida por completo. El niño insistió, ella molesta lo apartó acomodándolo como para que mire a la ventanilla y no interfiera. El jugó unos 10 segundos más con su manito simulando tener un autito imaginario sobre uno de los lados, mientras miraba esporádicamente por la ventana las imágenes que el Angulo le permite. Nuevamente intento llamar la atención a su madre, intento de la misma forma que la primera vez, llevando su manito cerca del hombro, buscando el contacto visual, el mismo gesto, el mismo amor, la misma cruda indiferencia letal fue la respuesta. Nuevamente la madre lo volvió a apartar de ella y esta vez, con una mochila que llevaba en las piernas, colocándola como barrera entre ambos. La madre, que a esta altura no se si merece el nombre, siguió inmutable en su mundo, el nene siguió abstraído nuevamente por su autito imaginario. La indignación corría por mis venas y lleno mi ser de un desprecio inmundo, sentí tanto asco como tristeza Absorbido por la situación que estaba vivenciando, era imposible desarraigar esos enquistados sentimientos, era testigo del rechazo mas salvaje. La escena no duro mas que el lapso de tiempo que tarda el tren de ir de una estación a otra, ya que como si fuese un despertador por los parlantes del tren sonó la voz que anunciaba


–Estación Nuñez, próxima estación Belgrano C


La madre tomó todas sus cosas apresuradamente y con el mismo amor que levanto la mochila arranco al nene del asiento bajando rápidamente del vagón. Al mismo tiempo y casi tropezándose entre ambos observe subir por la misma puerta a un personaje con una valija grande de color blanco, en la otra mano traía un cono de señalización de tránsito color naranja bastante grande también. Se puso el cono que tenia en la mano, sobre boca cual corneta haciéndola sonar como un zafarrancho de combate

-¡¡¡pampapapapapaaa!!!

¡Quede totalmente sorprendido!

viernes, 1 de mayo de 2015

No apto para todo publico - Capítulo2: El Yugo

Camino ya lentamente y sin apuros a mi puesto de trabajo. No es el lugar que soñé en mi niñez cuando dije de grande quiero ser astronauta; no es siquiera el lugar con el que alguien sueña de niño. La verdad es que no es un lugar con el que alguien en ningún momento de su vida pueda soñar, y es que si en algún momento sus hijos les llegaran a decir, “Yo quiero ser seguridad y trabajar en el hall de recepción de una oficinas en Vicente López”, háganse el favor de llevar a ese chico al psicólogo, me lo van a agradecer. Como todo trabajo tiene sus pro y sus contras, puertas amplias con cristales enormes que me dejan chusmear a mansalva todo lo que sucede en las afueras. Desde accidentes de tráfico a la señora que religiosamente pasa a la misma hora en la misma dirección, vaya a saber uno con qué fin. Es ese uno de mis juegos durante mi día: inventarle historias a aquellos transeúntes que pasan inadvertidos frente a mi vista.

El hall es grande y amplio; tengo mi escritorio color madera, mi cuaderno de Novedades, mi lapicera y nada más. Así es, no hay sillas porque debo estar parado para hacer presencia. Los oficinistas deben saber que ante cualquier urgencia estoy ahí firme y dispuesto a  tomar mi cuaderno y mi lapicera, y labrar un informe en el libro de novedades; novedades que nunca llegan, pero ahí estoy yo esperándolas impecable como se me exige: camisa blanca, pantalón de vestir y zapatos. Todo debe estar inmaculado y en su lugar.

Y como en la parada pero ahora con otra finalidad lo primero que hago al llegar a mi sector es mirar el reloj. Siete en punto, y lo vuelvo a mirar: siete y un minuto, y lo vuelvo a mirar: siete y un minuto, y empiezo a buscar excusas para no mirarlo. Algo casi imposible porque conforme ese reloj gire, más cerca estoy de salir de ahí y más cerca estoy de que me depositen mi sueldo.  Camino de una punta a la otra del hall y veo entrar a cincuentones charlando cordialmente.

- Me enteré que compraste petróleo.
- Sí, noté que en Rusia estaba barato y me arriesgué.
- ¿Pero realmente te parece que esos commodities son rentables?
 - Y la verdad no sé.  Era una oportunidad y bueno, hay que arriesgarse. Aunque no siempre se gane hay que arriesgarse.
- Sí, sin duda, igual te recomiendo veas como opción Petrobras.
- ¡No, no! Petrobras ya tengo, pero la verdad es que vi una posibilidad y me jugué.

Subieron al ascensor y perdí la charla; es que acá me es inevitable escuchar. Escucho un sinfín de historias de un mundo tan lejano e inalcanzable para mí como ser astronauta cuando era chico; con la diferencia de que de chico creí que si sacaba todo 10 iba a llegar. Ahora no me caben dudas de que no. Es que hay un mundo de distancia entre ellos y yo.  Un mundo tan grande que cuando ellos hablan de opciones económicas y commodities, yo deslizo mi mano hacia mi bolsillo para acariciar suavemente mi llavero de descuentos del supermercado Día mientras pienso: ya cobro, mañana es martes de descuentos, ¡qué alegría!

Pasaron ya un par de horas desde mi ingreso al sector; el reloj gloriosamente marca las 9:30. Entre todos los buenos días que doy de manera mecánica y sistematizada, el ingreso de los distintos oficinistas y las historias de los transeúntes, logré apartar la mirada del maldito reloj y, para mi fortuna, casi por arte de magia, me quedan cinco horas y media de trabajo. El reloj no sólo me indica la hora, sino también en muchos casos la llegada de distintos personajes que mi vida laboral tiene. Es una relación recíproca, porque en el caso de no estar mirando ese verdugo con agujas, la simple llegada de ellos al edificio me da una idea casi exacta de qué hora es. Las 9:30 anuncian la llegada indefectible de Adriana, una mujer rubia de pelo corto, tez magistralmente blanca, labios rojos, un tono pausado al hablar, una inteligencia y frivolidad que hipnotizan. Todo en un vestido negro; y tiene un detalle único, y cuando hablo de único me refiero a que, de todas las mujeres que entran por esa puerta o al menos todas las que veo pasar, ella es la única que lleva un sombrero. Tiene la clase de Francia y la frialdad de un asesino a sueldo y dictamina sin miedo alguno todo lo que sucede a su alrededor. 55 años mejor que puestos, viuda y sin hijos; siempre tiene una anécdota sobre Europa que contar, sobre la Europa que tanto ama, más que a la propia Argentina.  Así y todo es una grata compañía que le roba tiempo al reloj; siempre es lindo escucharla aunque tiene sus formas.

- ¡Buenos días, Adriana!
- ¡Buenos días! ¿Cómo te trató el fin de semana? – interrogó.
- Bien, ordenando mi casa, mi vida, mi cosas en general. ¿Usted?
- Yo estuve en casa de una amiga que llegó hace poco de Europa, de Helsinki, Dinamarca. Hace unos meses que no la veo, desde cuando fui de vacaciones a visitarla.
- ¡Ah, mire qué bien! Siempre que puedo en mis vacaciones trato de visitar amigos también, uno tiene más tiempo.
- ¡Claro, por supuesto! Ella ahora se tomó unos días, y bueno, se vino a visitarme. Así que aproveché y nos fuimos a mi casa de campo para ponernos al día.
- ¡Qué bueno! Nada más lindo que el campo. Cuando me tome vacaciones iré a visitar a unos amigos de Areco.
- Areco, qué lindo y pintoresco – y añadió – Pero cómo ¿no te fuiste de vacaciones este año?
- Ehmmm , no no, este año todavía no pude.
- Pero qué … ¿vos sos pobre? – dijo con una mirada extrañada.
- Estoy esperando el invierno, no me agrada el verano. - Mientras en mi cabeza resonaba la frase “sos pobre”.
- ¡Ah sí, yo también! Por eso cuando llega el verano a esta zona busco algún lugar de Europa donde haga frío. ¡Detesto el calor! Bueno, querido, te dejo que tengo que revisar algunas cosas de trabajo. Nos vemos – y se alejó displicente.
- ¡Chau, Adriana!

Siguieron transcurriendo las horas y lentamente el ajetreo mañanero entró en la calma. Mirando a través de los vidrios podía ver cómo el sol que me dio los buenos días ya se acercaba al zenit y  no podía parar de desear salir y sentirlo sobre mí. Sentir ese suave calor sobre mi rostro, algo que el aire acondicionado y la disposición de las sombras de los árboles no me permitían. Una vez más me sentí como un animal encerrado, encerrado en un trabajo que jamás busqué, con un uniforme que a mí no me representa nada, en un edificio que de por sí es frío y al que le agregan un split para que ni el sol le quite esa particularidad. Encerrado, atado a mis propias necesidades, cautivo por mi economía y mi responsabilidad me encuentro en esta celda, y mi necesidad de sentir seguridad me mantiene en este yugo. Ocho horas al día formo parte de un mundo que no es el mío, a fuerza de pagar mis gustos.

A todo esto, entre divagues y pensamientos, idas y venidas en el hall, ya son las 12:45. En algo más de dos horas estaré camino a casa, seré libre. Y la sencilla noción de que llegaré a mi hogar cerca de las cuatro de la tarde, que podré agarrar mi equipo de mate e irme a la plaza, que sentiré el sol y veré a los viejos jugar a las bochas y discutiré sobre el gobierno, que observaré a los nenes pelearse por quién hizo trampa en el pan y queso, me reconforta.  Y una vez más a pesar de todo y por sobre todo sigo vivo encontrando que en mis minuciosidades soy feliz.  


Estoy encerrado y atado, pero tan libre. 

viernes, 3 de abril de 2015

No Apto Para Todo Público - Capítulo1: Poniendo el pecho a las balas



El sonido estridente del despertador me levantó como todas las mañanas para ir a trabajar. Como es de costumbre en esta estación me recibe un agradable  frío otoñal que se siente cómodo en mi habitación de casa vieja, techo alto y piso de madera.

Me levanté como siempre, me tomó poco menos de un minuto hacer fuerza y mantener los ojos medio abiertos. Forzado entre el deseo de quedarme durmiendo y la responsabilidad de asistir a mi trabajo, con la idea contundente de que si no trabajo no hay cómo seguir, tomé coraje, mastiqué resignación y salí. Mis primeros actos se resuelven casi automáticamente y sin ningún pensamiento alguno le hice caso a mis primeros impulsos de vida matutinos. Fui al baño, me lavé las manos y la cara, me miré al espejo como para terminar de entender que realmente estaba vivo y que era yo. Y como todas las mañanas voy a la cocina, pongo la pava, me rasco la nuca y respiro profundo como si esa inhalación de oxígeno lograra darle un poco más de vida y conciencia a la mañana. Mientras dejo que el fuego haga su trabajo en la pava voy a la habitación a buscar ropa, me asomo por la ventana y veo que el cielo está negro y estrellado. Tomé mi celular, que evidencia que ya son las 5:45 am y que todo lo relatado fueron quince minutos de los primeros instantes de un día y que a mí ya me pareció algo así como una hora. Vuelvo a mirar al cielo y pienso que para mi desgracia todavía es de noche y hace frío. ¡Qué tremenda injusticia universal tener que salir a trabajar a esta hora, con este frío, por esa plata! Y antes de que pueda seguir desarrollando mi catarsis mañanera, el ruido de la pava que está que vuela logra que me cambie más rápido de lo que realmente mi sinapsis reacciona, ergo rara vez mis medias son del mismo par. Tomo mi café más por necesidad que por gusto mientras me atoro con un alfajor blanco, que con cada bocado me da la primera y pequeña alegría de mi mañana. Ese sabor dulce entre sorbos de café logra una humilde satisfacción; mientras tanto voy agarrando las cosas necesarias para ir a trabajar: las llaves, el celular, el bolso con el uniforme, la sub… la sube? ¡La puta madre dónde dejé la sube! ¡Siempre lo mismo! A cinco minutos de salir tarde recuerdo que nunca recuerdo dejar la sube en el mismo lugar y nuevamente como todo mi ritual mañanero una vez más no sé dónde dejé la sube. Casi de milagro y de pura y mera coincidencia la encuentro, cuando ya la desesperación había logrado que la busque en lugares inverosímiles como la heladera, el bajo mesada o entre las ollas limpias.

Ya casi sin remedio y con las estrellas dándome el buen día, o tal vez no tan bueno, salgo a paso más que apurado hacia la parada, obligado ahora sí a no estar somnoliento ni cansado, esperando que el colectivo pase a horario y no adelantado. Con no sufrir verlo pasar a una cuadra de la parada me basta. Llego a la parada y casi instintivamente miro la hora del celular, acción que repito unas seis o siete veces por minuto, como si el ver la misma hora me garantizara que el tiempo no pasa, que todo va lento y las cosas me pueden salir bien. Y luego de 20 minutos de espera y con la angustia y casi la certeza de que voy a llegar tarde, empiezo a invertir polaridades. Ya no quiero ni mirar el reloj, arrancan mis elucubraciones de accidentes, muertes y enfermedades familiares, y entre todo eso comienzo a sospechar que es peor la llegada tarde con sabor a excusa barata que pegar el faltazo. Cuando creo tener la decisión tomada, junto con ella se van las presiones y entro en la filosofía de todo me chupa un huevo, pensando con seguridad un ¡ya fue! En ese momento veo en el horizonte llegar el colectivo, ¡Listo! Le pongo el pecho a las balas.

Frena el colectivo, me subo y busco ser amable con un ser que a nadie le importa y que las únicas palabras que recibe durante casi todo su día es  “tres cincuenta”. Así, seco, como si fuese una máquina que responde a una orden al mejor estilo Google Now. Parada tras parada se suba una o diez personas, repetidas veces solemos escuchar “tres cincuenta, “tres cincuenta”. Y como única respuesta a tal gesto de frialdad e indiferencia hacia ese ser que conduce, el mismo no deja siquiera de mirar hacia adelante como si los que suben fuesen fantasmas. Selecciona la opción y ¡pip!, nada, ni un “ok” ni nada, ¡pip!  Y ese es el diálogo que todas las mañanas escucho y es el motor de mi forma particular de sacar boleto para humanizar esa máquina humana.

- ¡Hola! Buenos días.
(Mirada de reojo con gesto de “me hablaste”).
Y para empeorar esa extraña situación para él, respetando los carteles y disposiciones de la empresa que dicen “Por favor decirle al chofer a dónde se dirige” enuncio:
- Sí, por favor, un boleto hasta la estación Belgrano C.
- Sí, como no.

¡Una vez más lo conseguí! ¡Hubo trato! Feliz de mi logro apoyo mi sube y leo un “Sin saldo”. No es que olvidara cargar la sube; estamos a fin de mes y tampoco tengo plata para hacerlo, pero creí que al menos tenía para mi último viaje antes de cobrar y volver a cargarla. Ya sin problemas y sin esbozar gesto, comento: - Perdón, me bajo acá -. El chofer por alguna razón se apiada y me repite una palabra que es para mí algo más bello que  el mismo cantar de un ave en la mañana. - ¡Pasá, pasá! - No sé si tuvo algo que ver mi trato diferencial, a mí me gusta pensar que sí.

Bajo en la estación, voy por el lado que me garantiza que no hay guardas y para mi tristeza esta vez sí hay. Y como una vaca en el brete no puedo dar la vuelta. Ya me miró a los ojos, darme la vuelta sería gritar a los cuatro vientos mi vergüenza de tenerme que colar. Avanzo como si nada me importara, apoyo la tarjeta en el molinete y, como por arte de magia, me da la bienvenida el frío aparato (que esta vez no es un chofer) y me dedica un “Bienvenido, buen viaje”. Entiendo entonces que mi sube no alcanzaba para un viaje de $3,50 pero sí para uno de 2 pesos y es de repente un golpe de suerte en la mañana; eso y ver el tren llegando al andén casi en simultáneo conmigo. Subo entre los ruidos de algunos paraguayos que se dirigen a la construcción hablando en guaraní, tomando mate y riendo; el tren y sus motores; algún auricular fuerte y la mirada perdida de casi todos los pasajeros apuntada hacia su celular. Noto que todo ese ajetreo, nervios, ansias, idas y venidas, no fueron más que amarguras innecesarias porque a pesar de todos los males no sólo no estoy llegando tarde, sino que estoy llegando adelantado.

Bajo en mi estación, paso por el molinete para esta vez sí desde temprano hacerme a la idea de que a casa hoy vuelvo caminando. Mientras desciendo de la estación Rivadavia, miro con algo de envidia a aquellos que pueden comprarse una de esas tortillas que se hacen a la parrilla en la calle y una vasito de café. ¡Qué ganas de desayunar una de esas! El sólo aroma me hace agua la boca y casi que puedo saborearlas. Comienzo a caminar a las oficinas donde trabajo de seguridad, oficinas que quedan costeando el Río de la Plata. Al llegar a éste, un cielo rojo anaranjado prendido fuego me recibe, y casi que el sólo hecho de mirar esa imagen me cambia, me muta; respiro profundo como si el sol, el río, el viento, todo pudiese entrar en mi cuerpo, llevarse ese cúmulo de stress y dejarme renovado. Seguramente que así no sucede, pero de igual manera me recarga. Mientras miro detenidamente esa imagen decreto para mí en voz alta: Hoy a pesar de todo, voy a seguir intentando tener un buen día, hoy y para siempre. 


Sigo caminando, llego a mi trabajo me cambio y ficho ¡Bienvenido lunes de fin de mes! Arranqué perdiendo pero sin embargo me siento ganador.C