jueves, 7 de mayo de 2026

No hay once

Nuevamente el ciclo. El martillo golpea metálico sobre los clavos de antaño. Una vez más: lunes cualquiera, otoño obstinado con aroma a primavera que se tiñe de luto. Para quien observa con las manos vacías, sin oportunidades, cómo profanan el tesoro que alguna vez lo llenó. ¡Ya basta! Viviste mil historias; en muchas casi brillás. En las más preciadas, esas que encandilan y espantan al nihilismo que lo devora todo. Ya no brillo. Ya no brillás. Ya basta. Sobrevivir a tantas guerras para morir en un suicidio. Escucho tu graznido desgarrado; se repite la asfixia. Esa ópera de madrugada donde, entre muertos, esperé de rodillas. Sinfonía infinita: tu dolor es mi herida. En la plaza me refugio de la casa, de la rutina agónica de pensar los pasos para no perderme por el laberinto de callejones ciegos y castigos encadenados. En ese lugar caigo a lo más profundo de mi Caverna sin miedo. Allí los observo y busco aritméticamente si hay alguna chance de encontrarte. Te escucho sangrar. Se abrió mi herida; ya nadie entiende cuánto duele si me ven ahí parado, estoico. Aunque se vea el hueso: funciono, sonrío, abrazo. Respiro profundo, inflo el pecho; de fondo, las alarmas llegan. Como truenos me rodean y me saturan; rugido que avisa la llegada del martillo y de los nuevos clavos. Todo habita en este silencio; el único deseo es el abrazo que nunca llega. Me alcanzan tus gritos y, con ellos, la entrada al teatro con butaca preferencial. En primera plana las imágenes me inundan, invadiendo mi propio abismo; una encima de la otra, sin espacios, sin descanso, solapadas, encarnadas. Presionadas hasta explotar. Ya basta. Preso de una adicción de la cual nunca saldré; me acompañará hasta mi finitud. Esa certeza me golpea mientras me desgarran tus alaridos. Hermosa mentira pensar que algún día seré libre; calumnia feroz que me condena. Sigo aquí: putrefacto, inerte. Espero la sentencia, el punto final de las posibilidades; el paso a la nada absoluta a la que marcho en cámara lenta, volviendo irremediablemente a mi hogar. Espero esa campana final. Esa a la que no sigue ninguna otra. La cuenta que termina en diez. Y no hay once. Primera: porque te escucho gritar en el viento. Segunda: ¿por qué te escucho en cada recuerdo? Tercera: ¿por qué tuvo que terminar? Cuarta: porque tiene que terminar. Quinta: porque terminó. Sexta: porque aún te amo. Séptima: ¿por qué aún en mí clamás? Octava: porque aún en mí te clavás. Novena: porque el martillo golpea. Décima: ¿por qué?