jueves, 7 de mayo de 2026

No hay once

Nuevamente el ciclo. El martillo golpea metálico sobre los clavos de antaño. Una vez más: lunes cualquiera, otoño obstinado con aroma a primavera que se tiñe de luto. Para quien observa con las manos vacías, sin oportunidades, cómo profanan el tesoro que alguna vez lo llenó. ¡Ya basta! Viviste mil historias; en muchas casi brillás. En las más preciadas, esas que encandilan y espantan al nihilismo que lo devora todo. Ya no brillo. Ya no brillás. Ya basta. Sobrevivir a tantas guerras para morir en un suicidio. Escucho tu graznido desgarrado; se repite la asfixia. Esa ópera de madrugada donde, entre muertos, esperé de rodillas. Sinfonía infinita: tu dolor es mi herida. En la plaza me refugio de la casa, de la rutina agónica de pensar los pasos para no perderme por el laberinto de callejones ciegos y castigos encadenados. En ese lugar caigo a lo más profundo de mi Caverna sin miedo. Allí los observo y busco aritméticamente si hay alguna chance de encontrarte. Te escucho sangrar. Se abrió mi herida; ya nadie entiende cuánto duele si me ven ahí parado, estoico. Aunque se vea el hueso: funciono, sonrío, abrazo. Respiro profundo, inflo el pecho; de fondo, las alarmas llegan. Como truenos me rodean y me saturan; rugido que avisa la llegada del martillo y de los nuevos clavos. Todo habita en este silencio; el único deseo es el abrazo que nunca llega. Me alcanzan tus gritos y, con ellos, la entrada al teatro con butaca preferencial. En primera plana las imágenes me inundan, invadiendo mi propio abismo; una encima de la otra, sin espacios, sin descanso, solapadas, encarnadas. Presionadas hasta explotar. Ya basta. Preso de una adicción de la cual nunca saldré; me acompañará hasta mi finitud. Esa certeza me golpea mientras me desgarran tus alaridos. Hermosa mentira pensar que algún día seré libre; calumnia feroz que me condena. Sigo aquí: putrefacto, inerte. Espero la sentencia, el punto final de las posibilidades; el paso a la nada absoluta a la que marcho en cámara lenta, volviendo irremediablemente a mi hogar. Espero esa campana final. Esa a la que no sigue ninguna otra. La cuenta que termina en diez. Y no hay once. Primera: porque te escucho gritar en el viento. Segunda: ¿por qué te escucho en cada recuerdo? Tercera: ¿por qué tuvo que terminar? Cuarta: porque tiene que terminar. Quinta: porque terminó. Sexta: porque aún te amo. Séptima: ¿por qué aún en mí clamás? Octava: porque aún en mí te clavás. Novena: porque el martillo golpea. Décima: ¿por qué?

sábado, 4 de abril de 2026

Que nos parta un rayo

Tal vez de lugares distintos, coincidimos. Mencioné lo agresivo del medioambiente digital y vos mencionaste lo peligroso. En este punto, me llama la atención que en el mail anterior dabas una idea más amigable, como un lugar donde uno decide; como un mar donde se puede pescar apaciblemente o con voracidad desmedida. En lo particular, no me genera paz ni tranquilidad, ya que lo siento como un océano embravecido. Me encanta lo que decís de naturaleza, esencia y principios sin la adoctrinación implícita y explícita en la que vivimos. Creo que es por eso que quiero, en lo posible, el reencuento con las cartas, tinta y papel; pero esto me gustaría y amerita otro texto. Volviendo al origen: estamos inmersos en aquella constricción velada. Esta herramienta de manipulación de masas de gran fuerza —ya que convive con nosotros a instancia del bolsillo— responde a una agenda y nos acota fuerte mediante el algoritmo. Sabe qué es lo que queremos; nos domestica en cómo nos quiere. Es la maquinaria más eficiente para hacer de la pluralidad de las pluralidades, y toda su multiplicidad, algo hegemónico y apacible. Hace unos días me llegó la idea de que cuando hay paz es porque todas las otras posibilidades fueron eliminadas. Cuando hay tranquilidad —o sea, cuando no hay conflicto— es que todo pensamiento divergente, cualquier otra voz, fue callada. Donde hay una imposición hay un poder que aplica su fuerza, manifiesta en todo su sobrepotencia. Entonces: el deseo o la necesidad de tener una red, ¿no es implantado? Y por medio de esta, los deseos, las necesidades y las figuraciones que presenta. En palabras de Marilyn Manson: miedo más consumo. Y lo muto: el miedo y los consumidos. Si no formás un IG de laburo, no laburás; si no formás un IG personal, no tenés vida social. Justamente: estás por fuera de la "red social". Es dicotómico que las redes sociales pasaran a ser la socialización más impersonal. ¿Todo esto no es impuesto como otras modas? Pero mutan a la velocidad de la luz haciéndose como moda imperecedera fagocitadora. Como novedad, democratizó; todos tenían acceso y daba relevancia en cierto punto a todos por igual (en los orígenes, cuando la maquinaria no entendía bien cómo usarla y potenciarse en ello). Ahora, sin embargo, todos pueden si y solo si... algo bastante religioso platónico. Todos vamos a ir al cielo si: * Nos portamos bien. * Desayunamos sano. * Vamos a la iglesia y leemos la Biblia. * Si en los primeros 4 segundos convenciste. * Si dura menos de 25 segundos. * Si genera engagement. Pluralidad de pluralidades hegemonizadas, monotonizadas. ¿Redes sociales o religión? Entre los textos de Badiou entendí que la política es la administración eficiente de lo político, de aquel cambio disruptivo que genera una verdad. Pero luego de su explosión, acaecimiento, devenir y administración, esta última política (y no necesariamente partidaria) —o sea, una vez que pasa a formar parte de nuestro constructo, establishment o lingüística— pierde la fuerza inherente que la creó y nuevamente pasa a ser un engranaje más de la maquinaria inhumana y opresiva del discurso impuesto por normadores o mediadores. También permite la masificación de perfiles carentes de empatía. Pero para que eso crezca, ¿no tuvo que prepararse el terreno? Si un líder crece y se masifica su mensaje por un medio es porque ese medio es el propicio para su desarrollo. El medio como herramienta; sin embargo, tuvo que ararse la tierra, tuvo que haber tierra. La estratagema es más profunda cuando lo analizás detenidamente. Qué fuerte que perfiles como estos, con tan poco por construir y tanto por destruir, sean en definitiva los que son impulsados mediante una maquinaria nueva y adictiva como las redes y su nueva represión abrigada, cálida y confortable. Parafraseando a Dostoyevsky y deformándolo: no hay peor prisión que la que no se puede ver o, por la positiva, la mejor prisión es la no percibida. Mencionabas que las personas vuelcan sus frustraciones; creo que también algo más: su ego o su meta-ego. Para ser claro: no su ego en sí de lo que son, sino su ego de lo que desean representar. Ese ego que forma y proyecta un avatar representativo de lo que quisieran ser y no son, amando más a su discurso y sus palabras que a lo que realmente piensan o sienten. Ese "acá en redes puedo ser tan perfecto y juzgar desde un lugar a todo aquello que en vida no me animo a enfrentar". Herida, frustración, meta-ego. La inflación del ego desde la inexistencia de un hecho inventado. Me refiero a que desde que practico natación conocí infinidad de nadadores sin piletas; nadadores de kilómetros que no mojan los pies en una palangana. En palabras de Dolina, la gente no quiere leer, quiere haber leído. Y me decanta la idea en que la gente no quiere hacer, la gente quiere decir que hizo. No encuentro respuesta clara, sino una sinergia de todas que no logro diseccionar. Entre todos esos textos e ideas que reinan y pregonan las redes, el patriarcado que mencionás y la temática incels como producto de estas nuevas tendencias, noto la instalación del mensaje de que "el amor de antes era mejor". Algo que en particular no sé y solamente me permito dudar; y lejos de deslegitimarlo, habría que ver qué se llamaba amor antes y qué es lo que las nuevas generaciones llaman amor. Porque el amor, como parte de las columnas que forman el filosofar humano, es hijo de su tiempo y comprensión. Entonces, si quisieran volver a ese amor —o esa representación del amor que era el reflejo o proyección de inseguridad, miedo y aceptación, culpas y mandatos sociales macro y micro (macro a nivel social, país o ciudad; micro familiar, sin dejar de lado lo religioso)— habiendo cambiado todo eso, ¿se puede volver? ¿Puede volver el individuo a lo de antes habiendo atravesado tantos eventos? En tanto la mujer no solo no es igual, el contexto sociocultural y la demografía no son iguales. Habiendo tantos cambios, ¿se puede volver a habitar el mismo rompecabezas cuando las piezas que se salieron cambiaron? Entiendo que nada puede ser igual luego de un acontecimiento, ya que este modifica no solo el presente, sino la interpretación del pasado y al sujeto en el futuro por su fidelidad al evento y su devenir. Quiero decir: para que la mujer o la sociedad vuelvan al pasado habría que sacarles todas las comodidades que en este presente obtuvieron, y en eso caerían las redes, lo cual me da la sensación de ser una hipótesis antitética. Todo es más plural y multifacético. Toda sociedad hoy es más cosmopolita y policultural, un mosaico de mosaicos. Esto permite también, en lo macro, la generalización; y eso es una fuerza más aplastante. Se tiende al relativismo, lo cual me sabe a nihilismo de poca monta que no permite lo mejor de este último: el nihilismo como la nada, el nihilismo como silencio, el silencio como aceptación y la aceptación como yugo. Las redes como un desierto donde mueren las pasiones. Elijo el nihilismo nietzscheano de quitarle sentido a todo para transgredir con mi propia potencia. Mirando ahora el caldo de cultivo que se puede generar en la mujer, la finalidad es la misma y el discurso diferente: "Tenés que elegir al hombre que representa esto o tiene las condiciones de ser A, tener B y potencialidad de C". Y hacerlo coincidir con que el deseo o legitimación del hombre sea: "Tenés que ser A, tener B y potencialidad de C". Finalmente, viceversa, ya que tiene que haber una elección mutua. O sea: ¿si un individuo acepta ese mensaje automáticamente lo convierte en deseable para el otro? No. Con lo cual la maquinaria es tan voraz y masiva que logra modificar el discurso al punto de no pensarlo y fusionar el discurso de lo que tengo que representar y lo que tiene que ser deseable para dos singularidades, homogenizando todo. Es tan violento y excluyente que no puede generar otra cosa que violencia; una violencia pasiva haciéndola de una infinitud inconmensurable. Hay tanta estética en todo, ya que es lo que se aprecia: lo bello, lo inocuo, la frialdad de lo congelado en el tiempo, el pasado bello, lo estático que no se anima. Cuando la entrópica tarea de la inestética y el involucrarse de lleno en lo que moviliza es tan vitalizante. La triangulación entre lo ontológico, epistemológico y lo teleológico con la filosofía como referí de esa batalla interpretativa, hermenéutica y apasionada que forma una verdad que puede romperse y reinventarse: la vida. Mientras, en el terreno de las redes, todo es estético y efímero en lo que se abre y cierra la aplicación. Todo queda en un debate que no los toca, porque son contextos que no viven ni por asomo; no son suyos. Se genera un mecanismo de desapego bestial, una infidelidad a lo que sucede, como olvido instantáneo en lo que se vuelve a dejar el celular en el bolsillo o se cambia de aplicación a una más "bella". La evasión como medio ante la falta de responsabilidad porque no hay registro. No pueden dejarse movilizar por el evento observándolo desde las redes; es más fácil el negacionismo para la afirmación como refugio. Elijo el rayo que me inunde de devenir y en ello poder habitar el Nombre y ser contemporáneo al presente que se parte y reconstruye en un eterno retorno: muerte y nacimiento; esperanza y sueños. La vuelta a un amor del pasado sería un viaje en el tiempo. No sé si lo quiero; no es mi elección, no me gustaría ser un empedernido nostálgico. La espontaneidad del aquí y el ahora, la belleza de un evento es la estrella fugaz que en su inmediatez de su suceso y lo rápido de su finitud, de esa extinción, lo mágico de lo raro. Porque es un evento que sin duda se repite incansable como cada segundo, pero fortuito al punto de estar agradecidos de estar en el momento correcto, con la oscuridad justa para que, mirando al cielo, de repente haya un flash y pudimos vivirlo; tan estético e inestético. Sin embargo, observo que nos quieren como humanos/animales sin registros que por ende no pueden con las emociones; se abruman con las pasiones. Y me llega el eco de aquellas líneas que recitan: Como dialogues con vos, dialogarás. Como te ames, amarás. Como te evites, evitarás. Habitarse a uno mismo con amor a lo que uno es y esa potencia de vida que nos rebalsa en lo que uno construye y avanza. Amar al otro en lo que el otro habita y proyecta. Y por ello, tirarse de cabeza en la vida para permearse de ella y su devenir. Que nos parta un rayo. Sin embargo, es desconsolante que hoy la agenda marque el habitar las redes y las agendas que no nos pertenecen. No nos pertenecen por falta de vida. Parafraseando y mutando a José Ingenieros: Las personas, los individuos sin ideales ni particularidades, viven lejos de las luces para no proyectar sombras y tener que ver en ellas la silueta de sus propios cuerpos.

martes, 17 de febrero de 2026

Agua Pura: Recuerdo indeleble

​16 de febrero de 2026. Llego a casa en una noche más que fresca para ser verano. Todo indica —por alguna razón que no puedo explicar, pero presiento— que algo va a pasar. Lo siento. Los fantasmas amigos que suelen convivir conmigo no están; parecen haber huido. Voy a mi cuarto y encuentro un aire fresco, calmo, casi primaveral, como un prado. Todas las jaulas donde encierro a mis luciferinas bestias no están. Se escaparon. Por el estado en que quedaron las jaulas, podría decir que con prisa y violencia. No tengo dudas de que algo está pasando. Sin embargo, no tengo miedo; sé que es bueno. ​De repente, el tiempo se aquieta. Dejaron de pasar los segundos y siento los pasos de aquel espíritu acercarse. Quiero dejar claro: lo siento, pero no los escucho. Es una impresión, una contundente presión en el pecho que va aumentando. Lo sé: hay algo que me viene a buscar decididamente. ​Sigo tranquilo. Abro la heladera y me sirvo un vaso helado de zumo de pomelo rosado; tomo de yapa algunas frutillas frescas. Lo espero porque sé que, si él me viene a buscar, no hay dónde escapar y lo que decida por mí está bien. Alto, flaco, robusto. Pasa semiagachado por la puerta de la habitación mientras bebo un trago de mi zumo. No dejo de mirar el monitor de mi notebook como si su presencia no me importara; en realidad, es que no tengo de otra. Se sienta. Me mira fijo, potente. Okay, ya no puedo fingir. Giro y veo su rostro serio, apagado, amargado. Un ser de este planeta, como hecho de árbol y musgo, rodeado de setas, húmedo. Pareciera que viene de algún pantano. Me mira, no habla; sin embargo, me transmite una paz inquietante. Puedo ver cómo algunos bichos recorren su cuerpo, puedo sentir el olor a bosque mojado que lo impregna. ​Sin mediar palabra, sin abrir su boca que pareciera no tener, siento en mi mente cómo se comunica conmigo. Sé quién es: mi espíritu, quien me acompaña, quien a mi lado siempre está. Mi Ancestro. Escucho su voz en mi mente, fuerte como un susurro grave de ultratumba: ​—Ya es hora. —¿De qué? ¿Me toca partir? —Sí. —Creí que la muerte sería distinta. —Tu ignorancia debe guardar silencio... tienes que aprender. —Okei... entonces qué sucederá. —Es un viaje... a tu pasado... —Prefiero el futur... —Hace silencio, me caes mal... sin embargo... soy responsable de tu aprendizaje... tenemos que irnos. ​Y así fue como sucedió: tomó mi mano repentinamente, como un disparo. Sentí su piel helada y el pulso de los insectos traspasando hacia mí. No pasó nada hasta que pestañeé. Cuando abrí nuevamente los ojos, estaba ahí. Pude ver como desde las alturas ambas habitaciones en la penumbra, iluminadas por las pantallas de los celulares. Somos ella y yo. Los dos escribiéndonos. ​Pude recordar en ese instante cada letra, cada emoción y cada cuidado mutuo. Cómo abrí mi corazón sin miedo y cómo ella, sin dudarlo, entró a abrazarlo fuerte. Mirando cómo los dos nos escribimos, amándonos profundamente con el único deseo de hacer feliz al otro y ser eternos en ese servicio. Recordé cuánto amé y cuánto me amaron. Cuánta risa y cuánto deseo; sin dudas una conexión profunda como el averno de pasión que nos prometimos. El espíritu me llevó a mi pasado para que vea quién fui y quién deje de ser, cómo ame incondicionalmente. Cuando caí en cuenta, mientras paseaba por todas esas charlas y momentos de amor, me sentí enamorado de ella nuevamente. Cuando volví a sentir su amor, pestañeé y estaba nuevamente en mi cuarto. ​Él se levantó. Me miró profundo, haciendo que me sienta tan chico, tan pequeño. Y volvió a susurrar en mi mente: ​—No es mi agrado tener que tomar el trabajo de dejar mi lugar, trasladarme aquí y llevarte a que recuerdes; porque sin pasado no hay presente. No puedo permitir que sigas dilapidando en estiércol las perlas que te han adornado. Este viaje es de aprendizaje y de conocimientos. No vuelvas a olvidar. ​Muy lentamente se fue. Solo quedó paz. Exorcizó mi hogar de los fantasmas, liberó a las almas violentas, me puso de pie. Me mostró el manantial de agua pura en el que creamos y habitamos, del cual bebí y viví; el refugio donde descanse y sané. Hoy, recordar cómo mi copa desbordó de aquella cristalina agua vuelve a inundar mi vida y mi corazón. A la distancia, vuelve a curarme e hidratarme. Nuevamente esa estrella es mi tesoro y mi norte. Mi brújula en esta ruta. ​Qué ganas de agradecerle, pero no debo; mi manera más sana hoy de decirle te amo es mantener la distancia y el silencio. Si nos sigue uniendo el mismo hilo eterno, la vida la traerá nuevamente a mi destino; si aquella vieja ecuación física es cierta, algo sucederá a mi favor; la esperanza y la muerte son cosas que nadie puede robar. Ella sentirá por la energía que nos conecta las sensaciones que hoy emano. ​Hoy, alma fuerte, me trajo la calma, la paz y la claridad. Hoy no estás, y si en no estar esta tu felicidad, solo decirte gracias, perdón, te amo y dejarte ir más lejos. Debo disfrutar de este efímero regalo de un recuerdo eterno. Mañana volverán a mi hogar a habitar las viejas almas y los violentos fantasmas. Me espera la batalla ardua en soledad: obligarlos a guardar silencio. ​Quedan, tal vez por suerte o desgracia, ¿40 Navidades? ¿40 años nuevos? ¿40 agrias primaveras que tolerar con el recuerdo del aroma de una flor que ya no puedo tocar? A mi amigo y compañero, gracias. Te espero pronto para viajar al pasado y quedarme en él, quedar en el recuerdo de otras mentes. ​A mi eterna compañera: te llevare grabada en mi espalda por siempre.

lunes, 16 de febrero de 2026

En el Desierto

¿Me quieren encontrar? Tal vez. Es fácil reconocerme sentado donde estoy; es un paisaje plano. No hay movimiento ni saltos, ni vida; tampoco, por ende, muerte. Donde el cielo besa la tierra, mires donde mires. 360 grados de un todo que contiene tanta quietud y silencio donde nació y escapó el más absoluto nihilismo abyecto. Inerte. El suelo árido, liso. El sol quieto, infinito en el cenit, no deja espacio para las sombras puesto que la absoluta nada es iluminada. El calor es constante. No hay brisa de ningún tipo que entorpezca mi pensar, encerrado tal vez en el lugar donde el vacío y lo estéril se hacen amigos. Donde no importa cuánto camines, seguirás en el mismo lugar árido. Tan árido, tan ardido... que no deja espacio siquiera para la incertidumbre de preocuparse por dónde estás. Puesto que lo sé: toco el piso, miro el cielo, un celeste magnífico sin fin. No quiero luchar, solo estar. Me acuesto, abro los brazos, respiro y trago saliva. Nada que hacer. No hay donde huir. La extinción de todo sueño que se diluye es lo único que persiste: la inexorable consecuencia de poder hacerse uno con el paisaje y aprender a habitar lo inhabitable. Para ser hay que hacer... y en esta Nada, no queda otra que en Nada transformarse. La evaporación del deseo. Lo siento como sale de mis poros. Siento cómo arden mis manos al escurrirse entre mis dedos la fantasía. La libido, como humo, brota y se evapora. No hay nada. No hay nadie. No estoy. Y sin duda alguna lo inerte, lo carente, lo desolado se huele, se saborea y se palpa de una forma que las palabras no pueden explicar. No hay fechas ni calendario y, por alguna razón, el tiempo que fatídicamente trabaja en este punto parece no pasar. De alguna u otra forma logro subsistir. No hay hambre, no hay sueño, no hay necesidad. No hay. Tal vez ya soy un alma en pena viviendo en el infierno y no lo noté. Tal vez soy carne que no quiere partir. Tal vez. No quiero que me busquen, mucho menos que me encuentren. En este sitio donde no se llega, donde nadie está ni quiere estarlo. Por miedoso que parezca, estoy seguro. En la paradoja dicotómica de vivir en la madre de las incertidumbres, obtengo seguridad. Aquí donde nada hay, nada afecta, nada pasa. Nada pasará. Atentamente; ya soy de piedra

sábado, 14 de febrero de 2026

Todo Humea

Es un año de antaño que, luego de lo sucedido, no recuerdo bien cuál. Tampoco importa. Sé que es otra vez primavera; una maldita primavera que, desde que tengo recuerdo, no recuerdo una buena. ​El clima es bueno. La ciudad se mueve con su natural entrópica forma de latir. El sol ya asomó y se eleva dando aviso que calor no va a faltar, aunque también lo acompaña una suave brisa de lo poco que queda del invierno. Desperté sintiendo la calma del ojo del huracán, consciente de que vivo en uno. ​Una naranja, unas tostadas y unos huevos revueltos. Media pastilla de ansiolítico y echarle las ganas de las que ya no queda, con la energía de la que carezco. ​Camino a la parada del colectivo. Pienso: ¿y ahora qué? Siento un tiro en el pecho. Si fuese con mis manos al esternón, podría meter los dedos por las cavidades. Mi cardíaco músculo sigue latiendo a fuerza de tesón y de ser de hierro. Razón por la cual se siente tan pesado. Razón por la cual lo siento tan pesado. ​Se encienden las alarmas, una por una; de la menos sensible a la más furibunda de los peligros reales. Una a una las escucho y reconozco. Me mantengo en calma. No importa el bombardeo que viene, no hay bombardeo que me detenga. Un sargento, un veterano, no huye de la guerra. Se queda en la guerra; la gana o la pierde. No huye, es parte de la guerra en sí. Está en su esencia. ​Caen las bombas, vuelan metrallas. Camino entre las esquirlas, dejo que se encarnen. Muestro que no duelen. Muestro que soy más que ellas. Sigo paseando, jugando entre humos y gritos descarnados; entre pedidos de ayuda, dolor y fuego. Lo miro todo, saboreo cada detalle, lo siento adentro. Mi corazón a carbón, aunque viejo y poco tecnológico, es fiel. Es leal. No afloja por más que aprieta la atmósfera. ​El calor de las explosiones eleva la temperatura; es un verano momentáneo. El sol no puede verse por las columnas humeantes de las antiguas construcciones que se derrumban de a poco, devoradas por la destrucción. Una explosión increíble se desata frente a mí. Vuelo y caigo junto a una pila de escombros calientes. Y justo frente a mis ojos, pude ver en cámara lenta cómo todo sucedía desde el momento cero en que del arma proyectil nacía el fuego y la violencia. ​De pronto todo es calma. Sin embargo, todo humea. Todo es gris, hollín y fuego encendido. Ya no hay destrucción, es la calma de la posguerra... todavía no se huelen los cadáveres pero están ahí, ardiendo. Fríos de vida, candentes de muerte. ​Recorro cada centímetro de la ciudad. Recuerdo cada pasadizo y árbol; cada frente. Entiendo perfectamente la guerra, la debacle y el horror. Sé los porqué de cada porqué, pero me repito: ¿Pero por qué? ​Quien bombardea, antes de tirar las bombas, ve la belleza, ve la vida. Y casi sospecho, sin culpa, que en favor de la libertad lo corrompe todo. Lo entiendo. Lo perdono... Y pienso: ¿Le interesa ser perdonado a quien se justifica en libertad? ¿O creerá que la nueva vida solo es posible después del deceso y el aniquilamiento en masa? ​El humo sigue. Pasan los días, los incendios se apagan y los cadáveres partidos emanan sus perfumes. Lo tétrico del paisaje es que la paz absoluta en la que me encuentro como único sobreviviente es que esto ya no es una ciudad llena de vida; solo un cementerio abandonado que nadie visitará. Ya están todos muertos. ​Aunque conozco bien la ciudad, pareciera que lo aturdido no se quita. Por más que recorro sus calles, termino en el centro, en la plaza otra vez. Nuevamente. Se repite. Otra vez. Finalmente: se repite. ​Sin fuerzas para curar mis heridas, solo espero que cicatricen solas. O si no lo hacen, que permitan vivir dignamente sabiendo llevar en silencio el ardor de la convivencia. Porque no todo lo que se tiene para decir, debe ser dicho. Porque sus dolores, mis dolores; y ante mis dolores, sus rutas. ​Como una sutileza del Diablo, como un consejo de Escrutopo a su sobrino; una sonrisa sin destino. Me quedo en medio del desastre, con la sensación de un perro que corrió desesperado hasta que se desollaron sus patas en el asfalto caliente tras los dueños que lo abandonaron. ​Quedo ahí, al costado de la ruta, en el centro de una plaza. Todo me lleva ahí, y de ahí no debí salir. ​El humo desaparece y de esta nueva necrópolis de derrumbes, huesos, sangre seca y recuerdos olvidados, nace un nuevo abrumador desierto. Espero la paz, pero no llega. Y solo el sórdido ruido de espadas cortantes está en mi cabeza; grabando en mi psiquis una y otra vez las fotos de lo vivido, para dejar tallado el pasado en el presente, por siempre. No hay más que esperar a que el tiempo perdido haga su trabajo. Nadie nos enseña a olvidar; solo pertenecemos al olvido. ​Respiro profundo. Me tiro en el pasto. Pareciera que pudiese escuchar a la gente alrededor. El sol templa mi piel; una sonrisa en mi rostro y el recuerdo del caos. ​Sargento, la guerra terminó. Ya no luches. Ya podés salir.