sábado, 14 de febrero de 2026

Todo Humea

Es un año de antaño que, luego de lo sucedido, no recuerdo bien cuál. Tampoco importa. Sé que es otra vez primavera; una maldita primavera que, desde que tengo recuerdo, no recuerdo una buena. ​El clima es bueno. La ciudad se mueve con su natural entrópica forma de latir. El sol ya asomó y se eleva dando aviso que calor no va a faltar, aunque también lo acompaña una suave brisa de lo poco que queda del invierno. Desperté sintiendo la calma del ojo del huracán, consciente de que vivo en uno. ​Una naranja, unas tostadas y unos huevos revueltos. Media pastilla de ansiolítico y echarle las ganas de las que ya no queda, con la energía de la que carezco. ​Camino a la parada del colectivo. Pienso: ¿y ahora qué? Siento un tiro en el pecho. Si fuese con mis manos al esternón, podría meter los dedos por las cavidades. Mi cardíaco músculo sigue latiendo a fuerza de tesón y de ser de hierro. Razón por la cual se siente tan pesado. Razón por la cual lo siento tan pesado. ​Se encienden las alarmas, una por una; de la menos sensible a la más furibunda de los peligros reales. Una a una las escucho y reconozco. Me mantengo en calma. No importa el bombardeo que viene, no hay bombardeo que me detenga. Un sargento, un veterano, no huye de la guerra. Se queda en la guerra; la gana o la pierde. No huye, es parte de la guerra en sí. Está en su esencia. ​Caen las bombas, vuelan metrallas. Camino entre las esquirlas, dejo que se encarnen. Muestro que no duelen. Muestro que soy más que ellas. Sigo paseando, jugando entre humos y gritos descarnados; entre pedidos de ayuda, dolor y fuego. Lo miro todo, saboreo cada detalle, lo siento adentro. Mi corazón a carbón, aunque viejo y poco tecnológico, es fiel. Es leal. No afloja por más que aprieta la atmósfera. ​El calor de las explosiones eleva la temperatura; es un verano momentáneo. El sol no puede verse por las columnas humeantes de las antiguas construcciones que se derrumban de a poco, devoradas por la destrucción. Una explosión increíble se desata frente a mí. Vuelo y caigo junto a una pila de escombros calientes. Y justo frente a mis ojos, pude ver en cámara lenta cómo todo sucedía desde el momento cero en que del arma proyectil nacía el fuego y la violencia. ​De pronto todo es calma. Sin embargo, todo humea. Todo es gris, hollín y fuego encendido. Ya no hay destrucción, es la calma de la posguerra... todavía no se huelen los cadáveres pero están ahí, ardiendo. Fríos de vida, candentes de muerte. ​Recorro cada centímetro de la ciudad. Recuerdo cada pasadizo y árbol; cada frente. Entiendo perfectamente la guerra, la debacle y el horror. Sé los porqué de cada porqué, pero me repito: ¿Pero por qué? ​Quien bombardea, antes de tirar las bombas, ve la belleza, ve la vida. Y casi sospecho, sin culpa, que en favor de la libertad lo corrompe todo. Lo entiendo. Lo perdono... Y pienso: ¿Le interesa ser perdonado a quien se justifica en libertad? ¿O creerá que la nueva vida solo es posible después del deceso y el aniquilamiento en masa? ​El humo sigue. Pasan los días, los incendios se apagan y los cadáveres partidos emanan sus perfumes. Lo tétrico del paisaje es que la paz absoluta en la que me encuentro como único sobreviviente es que esto ya no es una ciudad llena de vida; solo un cementerio abandonado que nadie visitará. Ya están todos muertos. ​Aunque conozco bien la ciudad, pareciera que lo aturdido no se quita. Por más que recorro sus calles, termino en el centro, en la plaza otra vez. Nuevamente. Se repite. Otra vez. Finalmente: se repite. ​Sin fuerzas para curar mis heridas, solo espero que cicatricen solas. O si no lo hacen, que permitan vivir dignamente sabiendo llevar en silencio el ardor de la convivencia. Porque no todo lo que se tiene para decir, debe ser dicho. Porque sus dolores, mis dolores; y ante mis dolores, sus rutas. ​Como una sutileza del Diablo, como un consejo de Escrutopo a su sobrino; una sonrisa sin destino. Me quedo en medio del desastre, con la sensación de un perro que corrió desesperado hasta que se desollaron sus patas en el asfalto caliente tras los dueños que lo abandonaron. ​Quedo ahí, al costado de la ruta, en el centro de una plaza. Todo me lleva ahí, y de ahí no debí salir. ​El humo desaparece y de esta nueva necrópolis de derrumbes, huesos, sangre seca y recuerdos olvidados, nace un nuevo abrumador desierto. Espero la paz, pero no llega. Y solo el sórdido ruido de espadas cortantes está en mi cabeza; grabando en mi psiquis una y otra vez las fotos de lo vivido, para dejar tallado el pasado en el presente, por siempre. No hay más que esperar a que el tiempo perdido haga su trabajo. Nadie nos enseña a olvidar; solo pertenecemos al olvido. ​Respiro profundo. Me tiro en el pasto. Pareciera que pudiese escuchar a la gente alrededor. El sol templa mi piel; una sonrisa en mi rostro y el recuerdo del caos. ​Sargento, la guerra terminó. Ya no luches. Ya podés salir.

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