
¿Me quieren encontrar? Tal vez. Es fácil reconocerme sentado donde estoy; es un paisaje plano. No hay movimiento ni saltos, ni vida; tampoco, por ende, muerte. Donde el cielo besa la tierra, mires donde mires.
360 grados de un todo que contiene tanta quietud y silencio donde nació y escapó el más absoluto nihilismo abyecto. Inerte. El suelo árido, liso. El sol quieto, infinito en el cenit, no deja espacio para las sombras puesto que la absoluta nada es iluminada.
El calor es constante. No hay brisa de ningún tipo que entorpezca mi pensar, encerrado tal vez en el lugar donde el vacío y lo estéril se hacen amigos. Donde no importa cuánto camines, seguirás en el mismo lugar árido. Tan árido, tan ardido... que no deja espacio siquiera para la incertidumbre de preocuparse por dónde estás. Puesto que lo sé: toco el piso, miro el cielo, un celeste magnífico sin fin. No quiero luchar, solo estar. Me acuesto, abro los brazos, respiro y trago saliva.
Nada que hacer. No hay donde huir. La extinción de todo sueño que se diluye es lo único que persiste: la inexorable consecuencia de poder hacerse uno con el paisaje y aprender a habitar lo inhabitable.
Para ser hay que hacer... y en esta Nada, no queda otra que en Nada transformarse.
La evaporación del deseo. Lo siento como sale de mis poros. Siento cómo arden mis manos al escurrirse entre mis dedos la fantasía. La libido, como humo, brota y se evapora. No hay nada. No hay nadie. No estoy.
Y sin duda alguna lo inerte, lo carente, lo desolado se huele, se saborea y se palpa de una forma que las palabras no pueden explicar. No hay fechas ni calendario y, por alguna razón, el tiempo que fatídicamente trabaja en este punto parece no pasar. De alguna u otra forma logro subsistir. No hay hambre, no hay sueño, no hay necesidad. No hay.
Tal vez ya soy un alma en pena viviendo en el infierno y no lo noté. Tal vez soy carne que no quiere partir. Tal vez.
No quiero que me busquen, mucho menos que me encuentren. En este sitio donde no se llega, donde nadie está ni quiere estarlo. Por miedoso que parezca, estoy seguro. En la paradoja dicotómica de vivir en la madre de las incertidumbres, obtengo seguridad.
Aquí donde nada hay, nada afecta, nada pasa. Nada pasará.
Atentamente; ya soy de piedra
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