martes, 17 de febrero de 2026

Agua Pura: Recuerdo indeleble

​16 de febrero de 2026. Llego a casa en una noche más que fresca para ser verano. Todo indica —por alguna razón que no puedo explicar, pero presiento— que algo va a pasar. Lo siento. Los fantasmas amigos que suelen convivir conmigo no están; parecen haber huido. Voy a mi cuarto y encuentro un aire fresco, calmo, casi primaveral, como un prado. Todas las jaulas donde encierro a mis luciferinas bestias no están. Se escaparon. Por el estado en que quedaron las jaulas, podría decir que con prisa y violencia. No tengo dudas de que algo está pasando. Sin embargo, no tengo miedo; sé que es bueno. ​De repente, el tiempo se aquieta. Dejaron de pasar los segundos y siento los pasos de aquel espíritu acercarse. Quiero dejar claro: lo siento, pero no los escucho. Es una impresión, una contundente presión en el pecho que va aumentando. Lo sé: hay algo que me viene a buscar decididamente. ​Sigo tranquilo. Abro la heladera y me sirvo un vaso helado de zumo de pomelo rosado; tomo de yapa algunas frutillas frescas. Lo espero porque sé que, si él me viene a buscar, no hay dónde escapar y lo que decida por mí está bien. Alto, flaco, robusto. Pasa semiagachado por la puerta de la habitación mientras bebo un trago de mi zumo. No dejo de mirar el monitor de mi notebook como si su presencia no me importara; en realidad, es que no tengo de otra. Se sienta. Me mira fijo, potente. Okay, ya no puedo fingir. Giro y veo su rostro serio, apagado, amargado. Un ser de este planeta, como hecho de árbol y musgo, rodeado de setas, húmedo. Pareciera que viene de algún pantano. Me mira, no habla; sin embargo, me transmite una paz inquietante. Puedo ver cómo algunos bichos recorren su cuerpo, puedo sentir el olor a bosque mojado que lo impregna. ​Sin mediar palabra, sin abrir su boca que pareciera no tener, siento en mi mente cómo se comunica conmigo. Sé quién es: mi espíritu, quien me acompaña, quien a mi lado siempre está. Mi Ancestro. Escucho su voz en mi mente, fuerte como un susurro grave de ultratumba: ​—Ya es hora. —¿De qué? ¿Me toca partir? —Sí. —Creí que la muerte sería distinta. —Tu ignorancia debe guardar silencio... tienes que aprender. —Okei... entonces qué sucederá. —Es un viaje... a tu pasado... —Prefiero el futur... —Hace silencio, me caes mal... sin embargo... soy responsable de tu aprendizaje... tenemos que irnos. ​Y así fue como sucedió: tomó mi mano repentinamente, como un disparo. Sentí su piel helada y el pulso de los insectos traspasando hacia mí. No pasó nada hasta que pestañeé. Cuando abrí nuevamente los ojos, estaba ahí. Pude ver como desde las alturas ambas habitaciones en la penumbra, iluminadas por las pantallas de los celulares. Somos ella y yo. Los dos escribiéndonos. ​Pude recordar en ese instante cada letra, cada emoción y cada cuidado mutuo. Cómo abrí mi corazón sin miedo y cómo ella, sin dudarlo, entró a abrazarlo fuerte. Mirando cómo los dos nos escribimos, amándonos profundamente con el único deseo de hacer feliz al otro y ser eternos en ese servicio. Recordé cuánto amé y cuánto me amaron. Cuánta risa y cuánto deseo; sin dudas una conexión profunda como el averno de pasión que nos prometimos. El espíritu me llevó a mi pasado para que vea quién fui y quién deje de ser, cómo ame incondicionalmente. Cuando caí en cuenta, mientras paseaba por todas esas charlas y momentos de amor, me sentí enamorado de ella nuevamente. Cuando volví a sentir su amor, pestañeé y estaba nuevamente en mi cuarto. ​Él se levantó. Me miró profundo, haciendo que me sienta tan chico, tan pequeño. Y volvió a susurrar en mi mente: ​—No es mi agrado tener que tomar el trabajo de dejar mi lugar, trasladarme aquí y llevarte a que recuerdes; porque sin pasado no hay presente. No puedo permitir que sigas dilapidando en estiércol las perlas que te han adornado. Este viaje es de aprendizaje y de conocimientos. No vuelvas a olvidar. ​Muy lentamente se fue. Solo quedó paz. Exorcizó mi hogar de los fantasmas, liberó a las almas violentas, me puso de pie. Me mostró el manantial de agua pura en el que creamos y habitamos, del cual bebí y viví; el refugio donde descanse y sané. Hoy, recordar cómo mi copa desbordó de aquella cristalina agua vuelve a inundar mi vida y mi corazón. A la distancia, vuelve a curarme e hidratarme. Nuevamente esa estrella es mi tesoro y mi norte. Mi brújula en esta ruta. ​Qué ganas de agradecerle, pero no debo; mi manera más sana hoy de decirle te amo es mantener la distancia y el silencio. Si nos sigue uniendo el mismo hilo eterno, la vida la traerá nuevamente a mi destino; si aquella vieja ecuación física es cierta, algo sucederá a mi favor; la esperanza y la muerte son cosas que nadie puede robar. Ella sentirá por la energía que nos conecta las sensaciones que hoy emano. ​Hoy, alma fuerte, me trajo la calma, la paz y la claridad. Hoy no estás, y si en no estar esta tu felicidad, solo decirte gracias, perdón, te amo y dejarte ir más lejos. Debo disfrutar de este efímero regalo de un recuerdo eterno. Mañana volverán a mi hogar a habitar las viejas almas y los violentos fantasmas. Me espera la batalla ardua en soledad: obligarlos a guardar silencio. ​Quedan, tal vez por suerte o desgracia, ¿40 Navidades? ¿40 años nuevos? ¿40 agrias primaveras que tolerar con el recuerdo del aroma de una flor que ya no puedo tocar? A mi amigo y compañero, gracias. Te espero pronto para viajar al pasado y quedarme en él, quedar en el recuerdo de otras mentes. ​A mi eterna compañera: te llevare grabada en mi espalda por siempre.

lunes, 16 de febrero de 2026

En el Desierto

¿Me quieren encontrar? Tal vez. Es fácil reconocerme sentado donde estoy; es un paisaje plano. No hay movimiento ni saltos, ni vida; tampoco, por ende, muerte. Donde el cielo besa la tierra, mires donde mires. 360 grados de un todo que contiene tanta quietud y silencio donde nació y escapó el más absoluto nihilismo abyecto. Inerte. El suelo árido, liso. El sol quieto, infinito en el cenit, no deja espacio para las sombras puesto que la absoluta nada es iluminada. El calor es constante. No hay brisa de ningún tipo que entorpezca mi pensar, encerrado tal vez en el lugar donde el vacío y lo estéril se hacen amigos. Donde no importa cuánto camines, seguirás en el mismo lugar árido. Tan árido, tan ardido... que no deja espacio siquiera para la incertidumbre de preocuparse por dónde estás. Puesto que lo sé: toco el piso, miro el cielo, un celeste magnífico sin fin. No quiero luchar, solo estar. Me acuesto, abro los brazos, respiro y trago saliva. Nada que hacer. No hay donde huir. La extinción de todo sueño que se diluye es lo único que persiste: la inexorable consecuencia de poder hacerse uno con el paisaje y aprender a habitar lo inhabitable. Para ser hay que hacer... y en esta Nada, no queda otra que en Nada transformarse. La evaporación del deseo. Lo siento como sale de mis poros. Siento cómo arden mis manos al escurrirse entre mis dedos la fantasía. La libido, como humo, brota y se evapora. No hay nada. No hay nadie. No estoy. Y sin duda alguna lo inerte, lo carente, lo desolado se huele, se saborea y se palpa de una forma que las palabras no pueden explicar. No hay fechas ni calendario y, por alguna razón, el tiempo que fatídicamente trabaja en este punto parece no pasar. De alguna u otra forma logro subsistir. No hay hambre, no hay sueño, no hay necesidad. No hay. Tal vez ya soy un alma en pena viviendo en el infierno y no lo noté. Tal vez soy carne que no quiere partir. Tal vez. No quiero que me busquen, mucho menos que me encuentren. En este sitio donde no se llega, donde nadie está ni quiere estarlo. Por miedoso que parezca, estoy seguro. En la paradoja dicotómica de vivir en la madre de las incertidumbres, obtengo seguridad. Aquí donde nada hay, nada afecta, nada pasa. Nada pasará. Atentamente; ya soy de piedra

sábado, 14 de febrero de 2026

Todo Humea

Es un año de antaño que, luego de lo sucedido, no recuerdo bien cuál. Tampoco importa. Sé que es otra vez primavera; una maldita primavera que, desde que tengo recuerdo, no recuerdo una buena. ​El clima es bueno. La ciudad se mueve con su natural entrópica forma de latir. El sol ya asomó y se eleva dando aviso que calor no va a faltar, aunque también lo acompaña una suave brisa de lo poco que queda del invierno. Desperté sintiendo la calma del ojo del huracán, consciente de que vivo en uno. ​Una naranja, unas tostadas y unos huevos revueltos. Media pastilla de ansiolítico y echarle las ganas de las que ya no queda, con la energía de la que carezco. ​Camino a la parada del colectivo. Pienso: ¿y ahora qué? Siento un tiro en el pecho. Si fuese con mis manos al esternón, podría meter los dedos por las cavidades. Mi cardíaco músculo sigue latiendo a fuerza de tesón y de ser de hierro. Razón por la cual se siente tan pesado. Razón por la cual lo siento tan pesado. ​Se encienden las alarmas, una por una; de la menos sensible a la más furibunda de los peligros reales. Una a una las escucho y reconozco. Me mantengo en calma. No importa el bombardeo que viene, no hay bombardeo que me detenga. Un sargento, un veterano, no huye de la guerra. Se queda en la guerra; la gana o la pierde. No huye, es parte de la guerra en sí. Está en su esencia. ​Caen las bombas, vuelan metrallas. Camino entre las esquirlas, dejo que se encarnen. Muestro que no duelen. Muestro que soy más que ellas. Sigo paseando, jugando entre humos y gritos descarnados; entre pedidos de ayuda, dolor y fuego. Lo miro todo, saboreo cada detalle, lo siento adentro. Mi corazón a carbón, aunque viejo y poco tecnológico, es fiel. Es leal. No afloja por más que aprieta la atmósfera. ​El calor de las explosiones eleva la temperatura; es un verano momentáneo. El sol no puede verse por las columnas humeantes de las antiguas construcciones que se derrumban de a poco, devoradas por la destrucción. Una explosión increíble se desata frente a mí. Vuelo y caigo junto a una pila de escombros calientes. Y justo frente a mis ojos, pude ver en cámara lenta cómo todo sucedía desde el momento cero en que del arma proyectil nacía el fuego y la violencia. ​De pronto todo es calma. Sin embargo, todo humea. Todo es gris, hollín y fuego encendido. Ya no hay destrucción, es la calma de la posguerra... todavía no se huelen los cadáveres pero están ahí, ardiendo. Fríos de vida, candentes de muerte. ​Recorro cada centímetro de la ciudad. Recuerdo cada pasadizo y árbol; cada frente. Entiendo perfectamente la guerra, la debacle y el horror. Sé los porqué de cada porqué, pero me repito: ¿Pero por qué? ​Quien bombardea, antes de tirar las bombas, ve la belleza, ve la vida. Y casi sospecho, sin culpa, que en favor de la libertad lo corrompe todo. Lo entiendo. Lo perdono... Y pienso: ¿Le interesa ser perdonado a quien se justifica en libertad? ¿O creerá que la nueva vida solo es posible después del deceso y el aniquilamiento en masa? ​El humo sigue. Pasan los días, los incendios se apagan y los cadáveres partidos emanan sus perfumes. Lo tétrico del paisaje es que la paz absoluta en la que me encuentro como único sobreviviente es que esto ya no es una ciudad llena de vida; solo un cementerio abandonado que nadie visitará. Ya están todos muertos. ​Aunque conozco bien la ciudad, pareciera que lo aturdido no se quita. Por más que recorro sus calles, termino en el centro, en la plaza otra vez. Nuevamente. Se repite. Otra vez. Finalmente: se repite. ​Sin fuerzas para curar mis heridas, solo espero que cicatricen solas. O si no lo hacen, que permitan vivir dignamente sabiendo llevar en silencio el ardor de la convivencia. Porque no todo lo que se tiene para decir, debe ser dicho. Porque sus dolores, mis dolores; y ante mis dolores, sus rutas. ​Como una sutileza del Diablo, como un consejo de Escrutopo a su sobrino; una sonrisa sin destino. Me quedo en medio del desastre, con la sensación de un perro que corrió desesperado hasta que se desollaron sus patas en el asfalto caliente tras los dueños que lo abandonaron. ​Quedo ahí, al costado de la ruta, en el centro de una plaza. Todo me lleva ahí, y de ahí no debí salir. ​El humo desaparece y de esta nueva necrópolis de derrumbes, huesos, sangre seca y recuerdos olvidados, nace un nuevo abrumador desierto. Espero la paz, pero no llega. Y solo el sórdido ruido de espadas cortantes está en mi cabeza; grabando en mi psiquis una y otra vez las fotos de lo vivido, para dejar tallado el pasado en el presente, por siempre. No hay más que esperar a que el tiempo perdido haga su trabajo. Nadie nos enseña a olvidar; solo pertenecemos al olvido. ​Respiro profundo. Me tiro en el pasto. Pareciera que pudiese escuchar a la gente alrededor. El sol templa mi piel; una sonrisa en mi rostro y el recuerdo del caos. ​Sargento, la guerra terminó. Ya no luches. Ya podés salir.