
16 de febrero de 2026. Llego a casa en una noche más que fresca para ser verano. Todo indica —por alguna razón que no puedo explicar, pero presiento— que algo va a pasar. Lo siento. Los fantasmas amigos que suelen convivir conmigo no están; parecen haber huido. Voy a mi cuarto y encuentro un aire fresco, calmo, casi primaveral, como un prado. Todas las jaulas donde encierro a mis luciferinas bestias no están. Se escaparon. Por el estado en que quedaron las jaulas, podría decir que con prisa y violencia. No tengo dudas de que algo está pasando. Sin embargo, no tengo miedo; sé que es bueno.
De repente, el tiempo se aquieta. Dejaron de pasar los segundos y siento los pasos de aquel espíritu acercarse. Quiero dejar claro: lo siento, pero no los escucho. Es una impresión, una contundente presión en el pecho que va aumentando. Lo sé: hay algo que me viene a buscar decididamente.
Sigo tranquilo. Abro la heladera y me sirvo un vaso helado de zumo de pomelo rosado; tomo de yapa algunas frutillas frescas. Lo espero porque sé que, si él me viene a buscar, no hay dónde escapar y lo que decida por mí está bien. Alto, flaco, robusto. Pasa semiagachado por la puerta de la habitación mientras bebo un trago de mi zumo. No dejo de mirar el monitor de mi notebook como si su presencia no me importara; en realidad, es que no tengo de otra. Se sienta. Me mira fijo, potente. Okay, ya no puedo fingir. Giro y veo su rostro serio, apagado, amargado. Un ser de este planeta, como hecho de árbol y musgo, rodeado de setas, húmedo. Pareciera que viene de algún pantano. Me mira, no habla; sin embargo, me transmite una paz inquietante. Puedo ver cómo algunos bichos recorren su cuerpo, puedo sentir el olor a bosque mojado que lo impregna.
Sin mediar palabra, sin abrir su boca que pareciera no tener, siento en mi mente cómo se comunica conmigo. Sé quién es: mi espíritu, quien me acompaña, quien a mi lado siempre está. Mi Ancestro. Escucho su voz en mi mente, fuerte como un susurro grave de ultratumba:
—Ya es hora.
—¿De qué? ¿Me toca partir?
—Sí.
—Creí que la muerte sería distinta.
—Tu ignorancia debe guardar silencio... tienes que aprender.
—Okei... entonces qué sucederá.
—Es un viaje... a tu pasado...
—Prefiero el futur...
—Hace silencio, me caes mal... sin embargo... soy responsable de tu aprendizaje... tenemos que irnos.
Y así fue como sucedió: tomó mi mano repentinamente, como un disparo. Sentí su piel helada y el pulso de los insectos traspasando hacia mí. No pasó nada hasta que pestañeé. Cuando abrí nuevamente los ojos, estaba ahí. Pude ver como desde las alturas ambas habitaciones en la penumbra, iluminadas por las pantallas de los celulares. Somos ella y yo. Los dos escribiéndonos.
Pude recordar en ese instante cada letra, cada emoción y cada cuidado mutuo. Cómo abrí mi corazón sin miedo y cómo ella, sin dudarlo, entró a abrazarlo fuerte. Mirando cómo los dos nos escribimos, amándonos profundamente con el único deseo de hacer feliz al otro y ser eternos en ese servicio. Recordé cuánto amé y cuánto me amaron. Cuánta risa y cuánto deseo; sin dudas una conexión profunda como el averno de pasión que nos prometimos. El espíritu me llevó a mi pasado para que vea quién fui y quién deje de ser, cómo ame incondicionalmente. Cuando caí en cuenta, mientras paseaba por todas esas charlas y momentos de amor, me sentí enamorado de ella nuevamente. Cuando volví a sentir su amor, pestañeé y estaba nuevamente en mi cuarto.
Él se levantó. Me miró profundo, haciendo que me sienta tan chico, tan pequeño. Y volvió a susurrar en mi mente:
—No es mi agrado tener que tomar el trabajo de dejar mi lugar, trasladarme aquí y llevarte a que recuerdes; porque sin pasado no hay presente. No puedo permitir que sigas dilapidando en estiércol las perlas que te han adornado. Este viaje es de aprendizaje y de conocimientos. No vuelvas a olvidar.
Muy lentamente se fue. Solo quedó paz. Exorcizó mi hogar de los fantasmas, liberó a las almas violentas, me puso de pie. Me mostró el manantial de agua pura en el que creamos y habitamos, del cual bebí y viví; el refugio donde descanse y sané. Hoy, recordar cómo mi copa desbordó de aquella cristalina agua vuelve a inundar mi vida y mi corazón. A la distancia, vuelve a curarme e hidratarme. Nuevamente esa estrella es mi tesoro y mi norte. Mi brújula en esta ruta.
Qué ganas de agradecerle, pero no debo; mi manera más sana hoy de decirle te amo es mantener la distancia y el silencio. Si nos sigue uniendo el mismo hilo eterno, la vida la traerá nuevamente a mi destino; si aquella vieja ecuación física es cierta, algo sucederá a mi favor; la esperanza y la muerte son cosas que nadie puede robar. Ella sentirá por la energía que nos conecta las sensaciones que hoy emano.
Hoy, alma fuerte, me trajo la calma, la paz y la claridad. Hoy no estás, y si en no estar esta tu felicidad, solo decirte gracias, perdón, te amo y dejarte ir más lejos. Debo disfrutar de este efímero regalo de un recuerdo eterno. Mañana volverán a mi hogar a habitar las viejas almas y los violentos fantasmas. Me espera la batalla ardua en soledad: obligarlos a guardar silencio.
Quedan, tal vez por suerte o desgracia, ¿40 Navidades? ¿40 años nuevos? ¿40 agrias primaveras que tolerar con el recuerdo del aroma de una flor que ya no puedo tocar? A mi amigo y compañero, gracias. Te espero pronto para viajar al pasado y quedarme en él, quedar en el recuerdo de otras mentes.
A mi eterna compañera: te llevare grabada en mi espalda por siempre.