
Lejos de caer en el pecado que me conforma y sabiéndome hijo de quien nada bueno se espera, me es menester que se me entienda y que en cada palabra caiga el peso de lo que digo. Es un gesto mucho más profundo que el grotesco intento de querer convencerla de lo que usted representa; querer convencerla sería de mal gusto, sería como querer poseerla, gobernarla, y distancias infinitas hay entre aquellos conceptos y los motivos de estas palabras. Enjaularla sería un sacrilegio que impediría lo más hermoso de contemplar: su brillo, y es que este brota de su libertad de querer domar el viento.
En mi experiencia, que viene de vidas anteriores (una historia de otras historias que no vendrán nunca al caso, pero que me dotan de un conocimiento en la angeología bastante acabado y en la cual me reconozco docto), no tengo dudas de que gobernaría los vientos, los cielos y las nubes, todas aquellas aventuras y sueños que en su corazón viven; sin embargo, algunas dudas me visitan cuando a mi mente llega su imagen, su contraste, sus aristas... ¿Cómo transmitirlas? Sentado desde la piedra, en el terreno yerto de mis dominios, la contemplo con distancia infinita y desde ese país alejado puedo observar cómo en su lunecer alumbra la oscuridad de imperios muertos, de ruinas nihilistas. Cada cierto tiempo, sofocado y en el peripatético trabajo de querer que usted se reconozca como el divino ser que es, busco que logre interiorizar el fundamento de que para dominar esas ráfagas es preciso pueda apreciar sus alas, contar sus plumas, contemplar lo increíblemente blancas que son al punto de encandilar hasta enceguecer. ¿Cómo describir? ¿Cómo adjetivizar? Barroco trabajo sin final buscar entre idiomas las palabras y con las palabras crear sensaciones; y en el punto donde uno cree haber encontrado el concepto, entiende que ese sería limitarla. Y si algo que una quimera como usted no tiene son límites ni cadenas; al menos no tomaría nunca esa vil responsabilidad. Y así es como caigo nuevamente en la repetida idea de escribirle y describirla, para que a través de mis alusiones usted se descubra en su propio laberinto: ese entramado de historias y vivencias, de pasillos entrelazados y de bellos jardines que la conforman. Escucho, cuando miro a sus ojos negros, cómo internamente un fuego canta como un alarido de guerra. Sé que hay un lugar a donde llegar y morar en paz; pero para encontrar ese paraíso debe reconocer sus alas, su brillo, su laberinto y dominarlo. ¿Cómo explicar lo que usted despierta para que despierta? ¿Cómo decirle, cómo gritarle, si cuando se la observa intentar volar y enarbolar sus banderas, el silencio como candado cierra mi boca? ¿Cómo decirle? ¿Cómo explicar? La escucho, su clamor es claro: lo tiene todo para ser de entre el firmamento el astro que a todos ponga de rodillas; no por miedo, por admiración. Desde el desierto la observo como el ser fantásticamente mitológico que es y medito si callar es mejor, porque de sus propias batallas saldrá victoriosa. Quiero confiar en el poder que en usted nace; pero, ¿cómo explicar el miedo de que en batallas que sentido no tienen pierda las alas? ¿Que sea usted quien, por no reconocer lo que es, se arranque ese sagrado regalo? Si hablo desde la admiración la veo en potencia de todo; por eso, frente a lo perfecto, resulta un dolor intolerable verla infligirse una amputación innecesaria para ganar con el ego algo que, por amor e intelecto, dominaría sin dudas. No hay razón alguna que justifique profanar en usted el preciado tesoro que en su pecho habita.
Aunque soy un espectro, un verdugo cuya mirada solo ha visto la muerte, como he mencionado, tengo amplia sabiduría en celestiales creaciones que como usted brillan, tal vez para mi desagrado; es una experiencia intransmisible que pocos tienen y quienes tenemos no somos orgullosos portadores de dichas medallas, pero déjeme expresarle y repetirle que si pudiera por un momento (por mi propia seguridad solo un instante) invadir mi mente y, sometiendo mis ojos, ver panorámica y abstraídamente lo que en usted se ve. Si en usted despertase como un canto, como una cascada y con ella la fuerza del río que rompe con bestial energía; si usted por un instante se permitiera inundar de su propio poder y ser emperatriz real de lo que en su corazón mora, entendería que cualquier opción que siquiera intente opacar su luz sería descartada porque lo puro, lo genuino, no puede ni debe ser profanado.
Ningún sueño ha de ser vivido a costa de sufrimiento encarnizado porque no sería sueño sino pesadilla, y en pesadillas habitamos quienes nacimos para gobernar dichos emporios; usted no, no es bienvenida en estos pantanos; sueños, amor, imaginación y belleza es lo que usted merece y representa, usted se debe a su luz. Una vez más caigo en la soberbia de querer explicar, de volver redundantemente la idea que ya esgrimí de distintas formas; espero sembrar la semilla de un jardín del que nazca un paraíso y que en ese paraíso more en libertad, surcando el firmamento como un águila que desde la altura todo lo observa, todo lo domina
Este tal vez sea mi mejor intento; deseo no sea en vano para poder seguir viéndola brillar, para poder verla remontar vuelo. Ahora vuelvo a mi silencio, a mis territorios, a mis neblinas; para las sombras, las luces de lejos son vida, de cerca la muerte. Vuelvo y repito: contemplar de distancia infinita es una idea que todavía me seduce
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