lunes, 20 de octubre de 2025

Remo

Es un día precioso; la primavera está en pleno florecimiento, y en el cielo el sol destella con fuerza. Todo salió como lo había preparado. No fue algo de esta semana, ni la otra, ni la anterior de la anterior. Lo pensé y preparé durante meses: aprender nuevas técnicas, aprender natación, escuchar a los que saben, tomar clases, recordar experiencias pasadas; en definitiva, aprender a aprender para poder brindar. Sin embargo, más allá de los miedos y ambigüedades, esta semana fue una fiesta. Pensé cada detalle: la cena, el desayuno, qué cosas llevar, cómo ir, y un *outfit* que me haga brillar como el sol que ilumina, porque hay una estrella a la que quiero encandilar. La elegiste a ella para tu primer viaje, para esa experiencia de incertidumbre y miedo. Ella te eligió a vos, porque no con otra persona se animaría. Eso la hizo la compañera ideal, porque mientras vos trabajabas, ella también pensaba, también preparaba, y con el mismo amor compró todo y lo preparó todo, sin dejar detalle fuera ni cabo sin atar. Con ella, todo riesgo es una aventura. La noche anterior, la miro preparar, estar, reír y dormir. Me llega a la mente la seguridad y confianza de saber: sí, esa persona es la que quiero para esta aventura, este viaje y muchos más. Despertás por la mañana y ahí está, durmiendo dulcemente. Se despierta, y sin dudas, al ver su sonrisa, sabés que está al pie del cañón, totalmente preparada, y solo puedo sentir cómo se me infla el pecho de orgullo y ganas. Es un viaje que a ciencia cierta no sé cómo va a salir, pero, sin embargo, mi aliada me inspira una confianza arrolladora: lo puedo todo y más. Así comienza el día, el viaje hacia el verdadero punto de partida: el muelle del club La Marina. Tomamos algunos transbordos y, entre risas, charlas y complicidad, llegamos alegremente al club. El día está sensacional, y si lo repetís fuerte internamente, nada puede salir mal. Lo tienen todo: las ganas, el amor, el compañerismo y la fuerza, junto a un puñado de sueños, mate, comida en abundancia y ganas de vivir. En los vestuarios nos cambiamos, nos preparamos y, ya listos, pedimos el bote. Hago el registro. Todo avanza; cada segundo queda grabado en mi memoria. Remada a remada nos vamos comprendiendo. Ella me hace de timonel; ahora mi compañera guía el camino mientras yo remo con fuerza. Con mucha paciencia y amor se adapta a mis correcciones, presta atención, se equivoca y se ríe, se deja sorprender por el vértigo y vuelve a reír. Cada momento que pasa me enamoro más y más, y por momentos no sé si estoy remando o volando. Su rostro es de porcelana y me permito perderme en él, porque total, ella dirige. Le sigo marcando el ritmo y, entre ayudas y remadas, ella da lo mejor. No se queja por más que tiene miedo y no lo dice, sigue entregada a hacerse cargo de algo que nunca experimentó, y yo solo puedo amar esos detalles. Entre oleajes molestos y fuertes, y barcos poco gentiles a la hora de rebasarnos, avanzamos remada a remada. Pareciera que en cada una de ellas puedo mirarla y reafirmar lo especial que es para mí. Ella disfruta del paisaje, yo me embriago de ella. El río se vuelve manso como el paño de una mesa de *pool*, el bote se desliza sobre el agua como si la cortara, como una tijera corta un paño de la seda más delicada. Las remadas son fluidas, el canto de los pajaritos, los árboles, la naturaleza... Solo hay risas y amor. Nos tomamos un tiempo para descansar, apreciar y relajarse en un muellesito abandonado que hay en un remanso del río. Luego de un rato, comenzamos el regreso. No sabemos dónde estamos, en realidad nos perdimos sin darnos cuenta, tampoco sabemos qué tanto nos alejamos. Cuando uno está con quien en serio ama, las distancias y el tiempo se desdibujan. Ahora, en el regreso, aunque con charlas y más risas, nos damos cuenta de lo lejos que nos fuimos. Mis piernas y brazos ya están cansados y la técnica me empieza a flaquear. No quiero decir nada, yo puedo si ella está de timonel, nos está guiando de regreso y es ella quien me sostiene sin siquiera saberlo. Sigo avanzando, mucho más cansado, pero firme, y a medida que volvemos a lugares más habitados, de cabañas y parajes, el camino y el oleaje se ponen más difíciles. Sin siquiera notarlo, van casi tres horas de remada. El sol que en un inicio era amigable ahora se pone agobiante, ya no es gentil y, aunque hermoso, hace sentir el rigor. En eso, noto que estoy deshidratado y que el agua que olvidé hace notar su ausencia. No imaginé que tan lejos podía llegar si ella está frente a mí. No importa qué tanto se está picando el río, estás decidido y mi timonel me alienta. Entonces llega el tramo final. El río, que de ida era difícil, pero menos transitado por la hora mañanera, ahora es una autopista de lanchas colectivos y catamaranes de ambos lados. Lanchas que pasan a toda velocidad, motos de agua y yates de una envergadura que te hacen sentir ínfimo. Las aguas se ponen bravas: oleaje y contra-oleaje, y el río Luján, como suerte del destino, va en contra de tu sentido. Ahora que casi no se puede avanzar, estás más que agotado, casi completamente depletado, pero que mi timonel tenga el mando del bote es menester para que no deje de remar con más fuerza en medio de un río enardecido. El río se agita más y más. Ya no importa cómo, ni dónde posicionar el bote; el oleaje es implacable y ningún lugar es seguro. La adrenalina te desborda y las fuerzas te abandonan, pero seguís, porque ella, mi timonel de este viaje, no deja de alentarme, y son sus fuerzas las que ahora me impiden abandonar. Ella me alienta, me ampara, me motiva la resiliencia. Ves en su rostro la seguridad de un capitán del Mar de Bering, sin embargo, sabés que siente un miedo que por mí jamás me querrá decir. Ese *plus* de no importar los miedos, de ser firme, eso me alimenta con la energía del sol que sigue golpeando inclemente. Seguimos río en contra, el río completamente batido. Mis piernas duelen desde los huesos, tengo que remar, porque si no remo, ella no puede timonear. Así que por ella remás. La espalda no me da más del dolor, los brazos no me responden, no los siento, pero voy a remar. Estamos muy cerca, pero avanzar un metro puede tomar más que minutos; es cerca, pero muy lejos. No importa, algunos muelles serranos invitan a abandonar, pero no, por ella no abandonás, por vos, remás. Duelen los viejos callos de otras épocas, las ampollas reventaron y remás sin piel en algunas partes de las manos. Los remos se ponen resbaladizos entre la transpiración y el líquido de las ampollas que no paran de sangrar. La cintura ya es un bloque y las piernas ya no soportan, pero remás, porque cada vez que levantás la vista ardida por la transpiración que cae, la ves: está ella. Y la amás. Y cada vez que bajás la vista para solo enfocarte en remar, está su voz, y cada remada que das es la mejor manera que tenés de decirle te amo. No importa cuánto mi mente me diga que afloje, mi corazón es tenaz y rema. No me rindo, no puedo, no debo, no sé hacerlo. Remo y corazón. Todo el cuerpo está en una cámara de vil tortura y cada momento es un golpe o latigazo. Ya nada me responde, las muñecas a penas pueden girar las palas, el tiempo pasa, el bote parece no avanzar, el río en contra parece un rápido en bajada y las olas traicioneras empiezan cada tanto a colarse dentro del bote. Los barcos inmensos parecen jugar a pasar cerca, pero está ella, y la esperanza y confianza son mutuas, y remo. Que las ampollas sangren, que los callos se rajen, que el cuerpo sucumba, mi corazón infatigable sigue. Ella está en nuestro bote, tengo que remar. Tenés que poder, vas a poder, podés. El viaje amigable de inicio que nos recibió con una gran sonrisa, ahora es el verdugo que nos pone a prueba. Si dudo un momento, levanto la vista, miro hacia adelante, ella está ahí, escucho su voz fuerte, lo siento en mi corazón, voy a remar, no voy a parar. De un momento a otro, llegamos a la rampa del club. Las piernas no me responden siquiera para pararme. Todavía falta subir los ciento y tanto kilos del bote a rastras por la rampa y esos metros son kilómetros. Agarrar la esponja para sacar toda el agua que entró del oleaje. Las piernas tiemblan al caminar. Te sacás las zapatillas completamente mojadas. Voy al quiosco del club a comprar agua, aturdido de todo lo sucedido, mientras ella prepara la merienda con amor y alegría para reponernos juntos de un viaje tan especial como arduo. Prepara cada alimento con la misma entrega con la que me vio remar, y con amor me potenció a no bajar los brazos. Te tirás al pasto y te da un sándwich casi con desesperación. Das un bocado, masticás suavemente, es lo mejor que probaste en tu vida. Tomás un trago de agua, se quedan mirando, sonreímos, porque lo sabés y lo sabe: por ella remás a donde sea, no importa cómo ni a qué costo, porque sabés que al final, ella está ahí para reconfortarte.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Chengü Rakin: Amor, soberbia, control

Una tarde de verano, mientras Chengü Rakin contempla el abismo desde un cerro, su paz y desolación se ven interrumpidas por la presencia de un joven cazador que claramente no pertenece a la zona. Su figura solitaria y su fortaleza innata despiertan en ella una curiosidad que desafía sus miedos y tabúes. Lo observa durante largos días y noches, prestando vital atención a sus movimientos con una mezcla de fascinación y anhelo. Aunque él es consciente de su presencia, no muestra un atisbo de miedo, lo que despierta en Chengü Rakin un impulso irresistible de acercarse. El cazador no es como los demás. Su vestimenta refinada y su meticuloso interés por distinguir entre piedras y árboles petrificados lo convierten en el objeto de un juego de seducción que Chengü Rakin emprende con astucia e inteligencia. Deja pistas sutiles: puntas de flechas antiguas que extrae entre sus escamas y frutas dulces del bosque, atrayéndolo a su guarida. Cuando se encuentran, él queda hipnotizado por la belleza de Chengü Rakin, pero su deseo no se enfoca en su sangre o magia, sino en la cruel satisfacción de someter su libertad. Su mirada es de dominio.. Con el tiempo, por obediencia y cansancio, cede a las demandas hipnóticas del cazador, quien, con su verborragia, la convence una y otra vez de parir. La somete repetidamente, la abandona, la destierra de sus bosques y montañas, y se marcha en busca de nuevas aventuras. De vez en cuando le pide, sabiendo de su don para regenerarse, una cabeza, como un acto de amor vil. Ella, gentil y adolorida, cede y permite ser mutilada para que él pueda exhibir el trofeo. El cazador le arrebata lo más precioso: su alma, el núcleo de su poder. Chengü Rakin deja de ser una majestuosa hidra y se transforma en una simple mascota, una prisionera de su propia esperanza traicionada. La soberbia del cazador se disfraza de buenos tratos, su control se envuelve en una fachada de protección y educación, mientras ella se hunde en la humillación de una sumisión que desgasta su espíritu. Él no busca lo que otros en su cacería; no quiere sus beneficios. Busca demostrar que, como humano, es superior a ella. No caza por necesidad; caza por poder, por el placer de hacerlo, por imponerse. Se alimenta del sometimiento y, sobre una pila de cráneos, se erige. Se da cuenta de que no la amaba a ella; amaba que los demás lo admiraran por tenerla bajo su yugo, presión y disciplina. "No hagas, no toques, no mires, no salgas". Como cazador experimentado, él sabe, y solo él sabe, qué es bueno para ella. "Mira cómo los demás me idolatran; soy grande, más grande que tus poderes; soy más poderoso que la hidra que se regenera." A medida que pasa el tiempo, Chengü Rakin cede a los pedidos hipnóticos del cazador, no por deseo, sino por una obediencia rendida al cansancio y al desgaste. La lleva a parir una y otra vez, no por aprecio, sino como una cruel demostración de poder. La abandona y la destierra de sus bosques, dejándola sola en una especie de esquizofrenia, mientras él se embarca en nuevas aventuras. En uno de sus viajes, mientras la deja por otras aventuras, un cuidador de la zona la trata con benevolencia, aunque de manera algo descuidada. Ella se encariña con él, pero, acostumbrada a la violencia, no ve en él a alguien que pueda sanar su herida alma. Conviven un tiempo y, aunque él no pide ni su sangre, ni sus cabezas, ni obediencia, ella no logra adaptarse. Acostumbrada a ver la violencia como signo de amor y la cacería como deseo, esta percepción afecta su relación. Chengü Rakin enseña al cuidador su magia ancestral, y juntos engendran una nueva cría. Sin embargo, la llegada de esta nueva vida se convierte en una carga abrumadora para el cuidador, ya sobrecargado por las crías anteriores. La responsabilidad de cuidar a estas crías pesa sobre él como cien toneladas, mientras Chengü Rakin observa, una vez más, cómo el abandono toma una nueva forma. Esto la deja nuevamente abrumada; acostumbrada al castigo, a la servidumbre, a entregar sin recibir, a ser esclava y sometida, no puede ver su vida fuera de ese esquema, de esa jaula. Así, a pesar del tormento que implica, Chengü Rakin busca a su antiguo cazador, que ha madurado en una figura aún más imponente y despiadada. Él ya no es el joven cazador que conoció, sino un ser más fuerte, soberbio y déspota, cuyas pretensiones de divinidad gigantes lo hacen sentir un dios terrenal. Lo busca, lo encuentra y él vuelve a someterla. Una vez más, le exige su cabeza, le demanda esfuerzo, trabajo y una nueva cría para terminar por aplastar su alma ya marchita. Continúa con la extorsión, la prisión, la carga y el abatimiento; una bestia como ella no siente, solo actúa. Debe cumplir, y ella cumple. Ahora, ya vieja y aplastada por el peso de su historia, sigue entregando su escasa energía a sus hijos para que no sufran lo que ella sufrió, para que vuelen más alto. Sus primeras crías ya dieron a sus nietos, que no tienen magia ni son hidras, y solo quedan dos crías menores a quienes entrega lo poco que le queda de ella, tan poco que no alcanza a terminar su tarea. En sus últimos días, Chengü Rakin muere lentamente, agonizante y desequilibrada ante los ojos indiferentes del cazador, que prefiere mil veces verla morir antes que hacerse cargo de su vida y salud. Ya le quitó todo; ya no la necesita. Enferma poco a poco; no solo su cuerpo, sino también su mente y corazón, todo su ser empieza a colapsar. Finalmente, se desploma, y un mes después, la muerte la envuelve en un sueño liberador. En su último aliento, su ruego es que sus nietos sean protegidos, que no sufran la misma suerte que ella, que encuentren un vuelo libre y elevado, lejos del tormento que ella conoció.

Chengü Rakin: Se nace y se curte

Demos un paseo juntos, retrocedamos en el tiempo a una historia de hace muchos años. El día lluvioso, con su mate amargo, se vuelve especialmente amigable al paladar, en sabor y temperatura, deleitando a cualquier paisano que se siente sureño. Hace poco llegué a Buenos Aires en un gris día de agosto, un jueves 1.º de agosto que no olvidaré. La ciudad cosmopolita recibía a este criollo, mitad gaucho y mitad mapuche, con lluvia y tempestad. Me perdí en las calles del barrio Urquiza. En uno de sus parques encontré una vieja casona, un antiguo casco de estancia. Allí había una biblioteca popular con un aire añejo, perfumada con aroma a lustra muebles y madera. Al pasear entre los libros, me llamó la atención un volumen de tapa dura, con encuadernación algo maltratada y hojas amarillentas que evidencian su edad. El libro se llama Viejas historias de la mitología griega. Mientras me siento en una de las mesas, el aire del césped mojado, con su verde intenso y la lluvia, crea el clima perfecto para leer. Pido permiso para tomar mate, que me conceden con la indicación de no ensuciar ni manchar. —Hoy lo permito porque no hay nadie, ni creo que venga alguien, pero por favor, tenga cuidado, ya que hay ejemplares difíciles de conseguir. Asentí con respeto y aseguré que todo estaría bajo control, y comencé a leer aquel libro. Entre las muchas historias, una captó especialmente mi atención: "La Hidra de Lerna". Esta serpiente mitológica se caracteriza por regenerar cada cabeza que le cortan. Esto me recordó una historia de mi pueblo, un mito similar. En la zona del río Toltén, entre los bosques de pehuenches y al sur del cerro Ñielol, vivía una serpiente similar en la cordillera, famosa por su capacidad de regenerarse incluso después de ser atacada mortalmente. La leyenda dice que, a pesar de su agresividad, también era vulnerable, lo que llevó a la región a buscarla con el fin de obtener su sangre. De joven, vio cómo mataban a su padre, el gran dragón, para extraer un poco de su fortaleza y vida eterna. Con espada, abrieron su estómago, extrajeron sus entrañas y escurrieron hasta la última gota de su sangre para curar heridas de guerreros y enfermedades incurables. Crearon diversos ungüentos y usaron su piel para formar objetos de gran poder y misticismo. Ella, la hidra, cuyo nombre era Chengü Rakin, logró huir con su madre de aquella sangrienta cacería. Durante un buen tiempo vivió en paz bajo las fuertes reglas y castigos de su madre, y al alcanzar la madurez, fue expulsada de la cueva materna, como exige el mandato natural. En busca de refugio en la cordillera, fue encontrada por cazadores que, sabiendo que quedaban pocas como ella, no la mataron sino que la encadenaron para forzarla a engendrar. De su cria poco se supo, ya que, tras el macabro ritual, los cazadores se marcharon victoriosos. En agonía por soportar tal humillación, miró al cielo y pidió fuerzas a su padre una vez más, como había hecho en su niñez. Solía regresar al lugar donde él había sido desmembrado, con la esperanza de que de la tierra y de algún fragmento de hueso surgiera de nuevo el gran dragón. Rogaba por su regreso, por su fuerza y valentía. Reunió fuerzas y cruzó hacia lo que hoy conocemos como Argentina, para refugiarse entre los bosques de la precordillera y tratar de huir de los cazadores usando el cordón montañoso como protección. Ingenuidad total, ya que en el otro lado ya se conocía su historia y también la buscaban para obtener su sangre. Nuevamente le dieron asedio hasta cazarla y la forzaron a engendrar, pero esta vez no lograron arrebatarle a su cría. Tras el ritual oscuro, la noticia se difundió, y fue su madre quien, indignada al enterarse de la imprudencia de su hija por no haber logrado mantenerse a resguardo, la hizo caer nuevamente en cautiverio. Furiosa, fue a su rescate, no para darle cobijo, sino para llevarse con ella a la cría de su hija, desterrándola por imprudente, por permitir que los humanos obtuvieran con facilidad el poder que de ella emana. Ahora, no solo lastimada por ajenos, es agredida y desterrada por quien es su madre, la más implacable de las juezas Exhausta y sin alma, Chengü Rakin busca refugio una vez más. Como un alma errante sin esperanza, encuentra a una anciana bruja que le ofrece consuelo y alimento, un breve respiro en su tormento, aunque le aclara que deberá buscar su propio sustento. Aunque le brinda asilo, su generosidad queda opacada por la imposibilidad de cubrir el voraz apetito de una gran serpiente. Temerosa de cazar, una actividad ajena a ella por su inexperiencia, Chengü Rakin se ve obligada a negociar con cazadores forasteros, intercambiando un litro de su sangre por carne de vacuno, un retazo de su piel por un trozo de cerdo. Cada corte y herida no solo lastiman su cuerpo, sino también su orgullo y dignidad, pues la humillación de vender su propio ser por no poder cazar es más dolorosa que el sufrimiento físico. Incapaz de soportar más esta degradación, Chengü Rakin elige la agonía de la inanición sobre la humillación de seguir transaccionando. Al caer la noche, vuela hacia la costa, impulsada por el hambre, en busca de un cadáver de ballena para alimentarse. Aunque algo podrido, logra llenar su abdomen y llevarlo a su guarida para resguardarse. Una madrugada, la soledad la golpea brutalmente una vez más. Al regresar con su botín, descubre que su amiga, la bruja, ha desaparecido. El silencio la envuelve y la incertidumbre es infinita. Una vez más, queda sola, rezando a su padre con voz quebrada: 'Dame fuerza Pasan las noches y los días. El oscuro invierno patagónico es severo, y azota en las interminables noches que se alargan sin fin. Chengü Rakin, perdida en los gigantes laberintos andinos, extraña a su cría, a pesar de no haber sido deseada tiene la herida abierta por su ausencia en el corazón. Su cría le hace sentir más que una simple serpiente mágica. En medio de la profundidad de la cordillera y los vastos bosques sureños, se encuentra sola y abatida por su desdicha. Piensa en el porqué de esta vida que le toca en gracia.

sábado, 31 de agosto de 2024

Entre pesadillas y contrastes

Estoy en casa solo, ya es tarde y me encuentro cansado por una jornada laboral de 14 horas. Hace un momento terminé mi cena, unos mates amargos con un sándwich de mortadela y queso. Ya casi termino mi cigarro y voy al baño, me lavo los dientes, me seco el rostro con una toalla con un profundo olor a humedad y emprendo el corto camino hacia mi cuarto, que me espera. Es un cuarto chico y tan húmedo como la toalla con la que sequé mi rostro. Aunque frío, la cama, cálida, con los brazos abiertos, siempre lista para darle cobijo a mis tormentos. Respiro profundo mientras me recuesto, sé a la perfección la madrugada que me espera. El peso de la noche se cierne sobre mí y, sin poder evitarlo, rezo, rezo una vez más con la desesperación de quien ha perdido toda esperanza, en busca de una piedad que nunca llega, de una comprensión que nunca responde. En la oscuridad y en la desesperación, pido por mí, por vos y por ese verdugo incansable que se burla de los vestigios de mi mente. En medio de este desespero, me doy cuenta de que la fe, al igual que la muerte, siempre llega tarde. Oh, muchacho, a todo muerto le nace la fe cinco minutos antes de su muerte. Todos buscan, antes de morir, un poco de amor y refugio más allá de la intelectualidad, que no hace otra cosa que escupirnos en la cara la verdad absoluta de que nada existe y que no somos más que materia que responde a estímulos que nos vuelven locos: de amor, de ira, de miedo, de angustia, de soledad. Y esta última es tan mala compañera, hija de puta consejera, que no deja por un segundo de susurrarte al oído que no vales y no eres nada, ni siquiera para ti mismo. Cansado de este susurro que me carcome y así herido, antes de que el telón baje, antes de que cambie la fecha, emprendo mi viaje hacia un mundo agónico acompañado de quien es mi perro fiel, mi verdugo. Mis ojos se cierran, todo se vuelve en grises y sepia. Todavía escucho mi respiración y puedo sentir cómo él se acerca hacia mí. En este sitio, el calor de la cama no llega y parece que un frío invernal no me permite moverme. Puedo sentir la atmósfera presionar mi pecho, escucho mi propio grito en mi mente y, aunque no hay cuerdas, estoy atado; no puedo correr. Y con la calma de saber que no puedo ir a ningún lugar, él me toma por los pies y me sacude. Ese guardián sombrío me arrastra hacia su mazmorra, un lugar oscuro donde se gestan sus más perversos deleites. Camino a ella, cada paso me acerca más a las más profundas de mis bajezas, mostrándome la profundidad de las mismas. Puedo sentir cómo lo disfruta. Cada herida que inflige es más dolorosa que la anterior, penetrando hasta mis huesos, un dolor tan intenso, eléctrico, que me lleva al borde de la desesperación. Me mezo entre lapsos de calma y belleza y períodos de agonía y dolor. Ejecuta sus puñaladas punzantes una y otra vez, certeramente en los lugares que más duelen. Retuerce sus herramientas dentro mío, me mira fijo y revuelve la herida, mi alma retorciéndose de tristeza, pidiendo una y otra vez en cada oración que repite: "llévame con vos, llévame lejos, llévame." Lo hace con la sutileza justa que permite mantenerme en agonía para disfrutar el show. Llévame con vos, llévame lejos, llévame. Las imágenes se repiten una y otra vez; los puñales se repiten una y otra vez. Pero cuando eso no basta, cuando la tortura parece desvanecerse en la rutina del dolor, él añade nuevas formas de castigo: quemaduras que no cesan, fustas que desgarran sin parar mi piel, y entonces comprendo: no todo dolor es punzante. Hay un dolor que quema, que arde en lo profundo, un dolor que muerde y no suelta, que se aferra a cada fibra de tu ser, haciéndote sentir cada centímetro de piel, haciéndote reconocer que, aunque preferirías no estarlo, estás vivo. Vivo en un tiempo que pasa lentamente, eternamente, en un tiempo donde la calma no existe, donde la calma nunca llega. Todavía me quedan kilómetros de este infierno por caminar, todavía me quedan noches interminables por transitar. Y si pudieras experimentar, aunque solo fuera por un instante, el retorcido placer que él encuentra en mi sufrimiento, entenderías el porqué de tanto ensañamiento, el porqué de esta cruel y agónica danza de dolor y desesperación. Transpiro, me doy vuelta, cierro fuerte los ojos esperando que todo finalice sin darme cuenta, que todo sea una burla del destino que te dijo que sí para mostrarte luego que eso que vivís es tu herencia, de la cual no vas a escapar hoy, mañana ni nunca. Pasaron tres horas y media y la noche de invierno polar lleva castigándome unos tres días. Mi pulso se acelera, transpiro más, me retuerzo, giro a un lado, trato de escapar, sigo al otro y, como un esquizofrénico atrapado en un laberinto interminable con sus fantasmas, yo no logro alejar a mi verdugo de mi lado. Ya no puedo reconocer si disfruta más el dolor que produce o el desasosiego de mi rostro al verlo en cada giro, en cada esquina, disfrutando, gozando de mi dolor, de mi agónico vivir. ¡De pronto despierto! Como si el universo se apiadara de mí por un instante, todo terminó. O al menos eso espero. El reloj marca las 4:30 a.m. y, con la sensación de no haber dormido, las sábanas empapadas y las pulsaciones aceleradas, miro el techo. Ruego nuevamente para que este calvario haya terminado. Ahora, por fin, puedo descansar, eso me susurro, de las torturas que me tenía preparadas para el resto de mi calvario. Pero las imágenes, esas imágenes que él me dejó, laten aún en mi mente. Fotografías claras, tan claras, de lo que me regaló con esmero y dedicación, para que pase el resto del día con la certeza de que esto es mucho más que un sueño, supera con creces a una simple pesadilla. Es la alienante realidad, la que me consume, la que me atrapa, mientras miro el techo, buscando una calma que no llega y sucumbiendo en mí mismo. No te vas a ir sin un souvenir en qué pensar, ni soñando en la oscuridad de tu cuarto, ni en los pensamientos que te acompañan en la luz del día. Amigo fiel, verdugo incansable, volviste. Puedo decir con total seguridad que no te extrañé, pero de alguna forma, cada noche, cada batalla, cada enfrentamiento con tu sombra, ya la viví. Y la seguiré viviendo; me esperarás tranquilo porque sabes, estás seguro, que voy a volver. Pudieron pasar años, décadas, cambiaste de formas, pero nunca tus métodos, y ahora me tenés para vos, todas las noches, cada noche, cada amanecer oscuro. Sé que me extrañaste y eso, en algún punto, me reconforta, en la fría certeza de que siempre regresaré.

viernes, 23 de agosto de 2024

Radiografia de un cadaver

Él es un cadáver y mora donde los que no son pasan a no ser, donde los que fueron dejan la privacidad de su tumba, en la cruz mayor, donde él busca paz, hogar y silencio. No elige existir en las ausencias del cementerio; se arrastra hasta ahí porque es el único lugar donde lo reciben, ni siquiera cuando su despedida se le permite. Nadie quiere despedirse de quien el solo recuerdo de verlo llegar es un agrio recuerdo. Carga con una condena, heredada tal vez, o ganada en los intentos fallidos de buscar una estrella a la cual seguir. Podés hacer feliz a cualquiera, pero nadie quiere ser feliz a tu lado. No sos digno de felicidad, aunque lo intentes. Entregó su corazón cuando aún latía, para que se lo devolvieran en el instante, porque de nada valía, ni su corazón, ni sus disculpas. Si tuviera que presentarlo, seguramente les caería muy bien, y hasta quisieran llevarlo a su casa para adoptarlo; lo querrían por un tiempo. Si lo cruzás por la calle, es un ser normal, tal vez una mueca de alegría, pero generalmente destila enojo o tristeza. Tiene ansiedad por un futuro incierto, lo único de cierto que tiene es que la eternidad que lo gobierna es un acto repetitivo y doloroso en el más cruento de los desiertos, el más gélido de los glaciares, y el mundo solitario más visitado. Expulsado de la vida de los vivos y los alegres, en el lúgubre campo santo, se vuelve uno con su entorno y queda inmerso. En ese sitio donde se ahogan las penas y donde los gritos se vuelven sordos, redobla esfuerzos en no sentir dolor. ¿Cómo explicarles en palabras los pocos despojos que quedan de ese cansado ser? Sin embargo, más allá de lo poco y lo desmembrado, el dolor se hace carne y lo atraviesa, y en el centro de su esternón partido todavía duele mucho, aunque ya no quede más que un cadáver descompuesto. Sin embargo, siente. Cuando nada queda, siente. Cada tanto busca escapar de lo que en realidad es, salir de ese lugar donde él sabe bien que nadie lo va a ir a buscar. No quiere aceptar que ese es su lugar y que eso es lo que es. Se perfuma todo lo que puede, se pone su mejor mortaja, se peina con cuidado para no arrancar sus cabellos y trata de cubrir sus putridas heridas. Nuevamente, con una fe falsa y una agónica esperanza, busca un domingo en familia, un abrazo y un "te amo". Quiere creerse vivo y se enamora de una mentira que, más pronto que tarde, lo va a morder con fuerza para devolverlo a su verdad. Lo dobla, lo pone de rodillas, lo rinde, y le susurra con placer al oído: "Tu lugar no es ese, tu lugar es la cruz mayor, tu morada." Se repite a sí mismo: "Nunca nadie vino a buscarte." Su hedor es fuerte, su piel se desgarra, los gusanos afloran y donde no hay carne, hay huesos frágiles, que ya no soportan la presión. Una vez más, vuelve roto, vuelve porque fue expulsado, vuelve con el desprecio como mochila, vuelve porque es a donde pertenece. Nadie vivo compartirá su vida con vos, porque la muerte te ha reclamado por completo. Por testarudo, por soberbio, vuelve sobre sus pasos, mirando las huellas que dejó al partir, pisándolas para ahora dejar marcado su retorno. Abre el portón adornado por claveles y custodiado por whiskys, tristezas y recuerdos. Camina entre las lápidas de quienes descansan en paz, porque ya eligieron la paz. Él no aceptó su muerte, no quiere. Las ratas se le acercan para regodearse de los pequeños trozos que pueden arrancar; quieren convencerlo de que se rinda para poder llenar sus vientres. Él sigue dejando destajos para que se entretengan mientras esperan su caída. El viejo árbol que lo vio llegar la primera vez, hoy lo ve retornar; se divierte con su pesar, ve cómo se arrastra, le resulta simpático que crea que puede salir. Nadie sale una vez dentro. Se sienta en su aposento, hunde sus dedos entre los espacios de sus hendiduras, encuentra el dolor; ahí está, sin embargo, sigue muerto. Pasan los días y puede percibir cómo de a poco se disipa en el ambiente el calor del último abrazo, y se pierden entre la niebla y la oscuridad la luz de la última persona que iluminó su cuerpo corrupto. En ese mundo enmudecido y sombrío, se evaporan las esperanzas de cualquier positivo. Cada segundo es eterno, y estar muerto no tiene fin ni sentido. ¿Por qué buscar estar vivo, si esa utopía solo genera un dolor con el que debe convivir para el resto de la infinidad? Dios creó a la muerte, ¿y quién le da muerte a ella? Reflexiona ya en su sitio, que tal vez 90 años de vida justifiquen una eternidad de cadáver; sin embargo, sos cadáver y no debés salir de tu cruz por más nostalgia y deseos que te impulsen. Observa el mundo feliz girar sin él; para los vivos, el paraíso, y para él, la ultratumba.

sábado, 17 de agosto de 2024

A mi Madre

Recuerdo aquella tarde de verano, con sabor a uvas chinches. Como todo niño, todavía no entendía la vida; ni siquiera pensaba en ello o tenía noción alguna de lo que era estar vivo. Existía entre una mentira dulce y la próxima realidad atroz. Tengo en la memoria grabada milimétricamente su llegada; me dio la primera lección de vida. Se presentó con una frase corta, aguda, directa: "Te quedaste solito." Fuerte y omnipotente es el recuerdo de cómo celebramos su presencia. Todavía vívido en mi mente, se encuentra tallado el mandamiento que me brindaron en aquella comunión: "Ahí no hay nada, solo cáscara." El tiempo pasó, y desde ese día quedó encarnado en mí; inmortalizado en mi mente, la busco, hipnóticamente, casi obsesionado. Quiero llamarla, quiero verla. Desde aquella primera vez, desde esa cruda visita, me adoptó; soy su hijo. Me crié bajo su sombra sin darme cuenta, esculpido por la constante idea de que la vi, que me visitó primero. Hoy, más grande, me sensualiza; tiene el poder de la metamorfosis y se posa sobre mí como mi amante. Cuando todo se detiene, cuando por un momento respiro, cuando observo la frenética vida con asco, cuando me detengo, cuando calmo mi mente, siento fuerte su presencia. Me acompaña, y su gruñido de victoria, que siempre es derrota, resuena en mí como madera. Todo se apaga; imploro su abrazo, me seduce y la amo. Me ama, pero no lo suficiente para que esté con ella. Pero sé, sin duda alguna, que un día me poseerá, porque todo lo puede y es de todos. Es poder, es elegancia, no juzga, y en el filo de su metálica sonrisa todos encontramos respuestas. Treinta veranos pasaron y, infatigable, sigue ahí a mi lado. Fuerte, su aroma lo puedo saborear como nadie; tengo papilas para ello. Como buen vino, me embriaga, me excita. Me formó, me educó y educa, maestra y amiga, sobre todo sabia. Siempre benefactora es conmigo, y por ello la siento mía y no lo es, pues es de quien la busca o la encuentra. Nunca logré comprender qué le agrada de mí; tal vez que reconozco sus pasos y no me importa lo gélido de su abrazo, en el encuentro, abrigo. Tal vez, como parido y huérfano de la incertidumbre, la violencia, la represión, la depresión y la negación, tengo lo necesario; daba la talla. Es por eso, y por seguro, que nadie la quiere como yo la quiero y de la forma en que la admiro. Comprender no puedo por qué no responde. Llega, me mira y la miro; la contemplo, y ella me observa, siempre altanera. Hoy estás en papel, mañana en mi piel, y estarás en mis huesos. Hoy en papel, mañana en mi piel, tu piel; pasado en mis huesos, tus huesos. Te pertenezco, me sos fiel, te soy fiel. Ámame.

lunes, 4 de septiembre de 2023

Color : Negro y Marron

 

Todo se mueve, sin embargo, todo está calmado. Una procesión de gente que va junta a un destino distinto; se miran entre sí, pero no se perciben, somos piedra. Entre el chirrido y los crujidos de ese pequeño recinto que nos congrega, se abren simultáneamente las puertas; ingresa el mismo niño de siempre acompañado por el hermano mayor. Miro mi reloj: 17:45. Hace 45 minutos salí del trabajo, con hambre, cansado, la mente agobiada. Es verano, siento la camisa pegada al cuerpo, y al pantalon de vestir que llevo lo siento como   una calza. Tengo hambre. Es 27 de febrero, y aunque el mes es corto, otra vez llego ajustado a fin de mes. Hay comida y techo, no me puedo quejar. La esperanza de unos bizcochitos Don Satur, unos tereres y un sonidero de fondo es un paraíso terrenal. Cierro los ojos un instante necesito dejarme caer 

El tren frena lentamente; percibo que estamos llegando a la estación, probablemente sea Malabia en un trayecto que termina en Lacroze. De Lacroze, me dirijo hacia mi bosque de Eucaliptos, de manera paradójica, el mismo bosque y tren de mi infancia me acompañan en la adultez.


Abro los ojos; continuo en el subte. El niño y su hermano reparten  unas notitas pidiendo una moneda, al mismo tiempo que recitan una dedicatoria con una voz semi aguda y una métrica particular. No dudo que es real. Miro sus ojos, su rostro, y se nota el desamor, la tristeza y el cansancio. Persona a persona reciben la negativa por respuesta, el desprecio y la frialdad. Una y otra vez. ¿Cuántas puñaladas puede tolerar un alma que se  desnuda y que expresa sistemáticamente sus infiernos y recibiendo el rechazo como respuesta en un grito mudo? Ni la mirada, ni siquiera recibir la notita. La indiferencia total o el rechazo absoluto.


De vagón en vagón, de subte a subte, de día a día, y de miseria en miseria.


Abro la billetera y me tomo el trabajo de seleccionar los billetes que les voy a dar. No es mucho, en realidad, no es nada, ¿porque no les doy todo?... lo pienso. La realidad mezquina marca que todavía tengo que llegar a fin de mes, y si les doy todo, no voy a tener para un día más. Es fin de mes... casi con cierta resignación, bueno, les doy lo que puedo, y repito, y me repito, es fin de mes. Reciben la plata como si nada. "Que Dios te bendiga", a regañadientes... y siento que podría completar esa frase con un "a mí no, a mí no lo hace; de nosotros se olvidó." Dios da, Dios quita, Dios castiga o premia. ¿Es una prueba o es un milagro? El milagro es que si dos niños entre 8 y 12 años expusieron su calvario y arrastraron su cruz todo este tiempo, recibiendo las miradas látigo del desprecio, aun conserven la fe en que la vida vale la pena, que la vida vale, que algo vale. Es fin de mes, ellos viven al final de mes, en un desierto austero que abunda en incertidumbre con la certeza de que hoy no, y mañana tampoco. Ya no queda ni la desesperanza, solo una realidad bruta que escupe constante; no hay salida. Están encerrados en cadena perpetua, no pueden tener miedo a caer presos, no pueden tener miedo a la muerte; para ellos, el futuro no existe, y el presente se repite: hambre, sed, necesidad y sueño. Nunca estuvieron vivos, solo soportaron la vida; como termerle  a la muerte, si ella que como gesto irónico les va a brindar el descanso que no tuvieron ni en el vientre materno. Carajo … no puedo tener más suerte , bajo en federico Lacroze,  me tomo el tren, voy al bagon del medio y sin darme cuenta  mágicamente me olvide de todo , 1 puerta del bagon me paro al lado; y sin registrar llega un amigo de hace años .

Agustín: ¡Ey, amigo, qué onda, volviendo del trabajo?


Yo: Sí, amigo, no doy más, me arden los ojos de estar frente a la PC.


Agustín: Qué mal, brother. yo También, para colmo, rompí la moto y justo a fin de mes.


Yo: Te iba a preguntar, me pareció raro verte en el tren. ¡Qué mal lo de la moto!¿Qué onda el arreglo, muy caro?


Agustín: Sí, se jodió la caja, todo es caro acá. Ya fue, me cabió; para colmo, todo sube y no hay respiro.


Yo: Bueno, amigo, tranqui, ya vas a solucionar.


Agustín: Amigo, ¿vos viste cómo está todo?


Yo: Sí, lo sé. -En tono de broma-, recién le di unos mangos a unos pibes en el subte; no sabía si darles plata o pedir con ellos, jaja.


Agustín: Naa, no les des nada, se la gastan en birra, olvídate, esos nacen chorros, de chiquitos.


Yo: Amigo, aguanta, eran dos pibitos, no es tan así.


Agustín: Boludo, posta, el otro día iba en la moto y uno de esos me apuntó como si tuviera un arma; ya están aprendiendo a robar.


Yo: No, para, amigo, son nenes, están jugando, anda a saber, no flashies.


Agustín: No, amigo, te digo que esos hay que matarlos de chicos, ya están aprendiendo a robar.


Yo: Amigo, no, ya fue. Cambiemos de tema, ¿qué onda la casa de repuestos?


La conversación continuó como si nada, mientras me preguntaba por qué seguía hablando con él. Pasaron las estaciones y la charla se desvió hacia temas menos importantes. Sin embargo, persiste el bajón en mi ánimo mientras avanzaba por el camino hacia mi bosque de Eucaliptos. Caminé abrumado por el ruido mental de la oficina, el calor en el subte, la miseria humana y la charla con un amigo que ponía en palabras el desprecio de las miradas de aquel vagón. Finalmente, llegué a mi casa, puse una cumbia, tomé mis verdes y, con el primer bizcochito, me sumergí en las imágenes.