martes, 17 de febrero de 2026

Agua Pura: Recuerdo indeleble

​16 de febrero de 2026. Llego a casa en una noche más que fresca para ser verano. Todo indica —por alguna razón que no puedo explicar, pero presiento— que algo va a pasar. Lo siento. Los fantasmas amigos que suelen convivir conmigo no están; parecen haber huido. Voy a mi cuarto y encuentro un aire fresco, calmo, casi primaveral, como un prado. Todas las jaulas donde encierro a mis luciferinas bestias no están. Se escaparon. Por el estado en que quedaron las jaulas, podría decir que con prisa y violencia. No tengo dudas de que algo está pasando. Sin embargo, no tengo miedo; sé que es bueno. ​De repente, el tiempo se aquieta. Dejaron de pasar los segundos y siento los pasos de aquel espíritu acercarse. Quiero dejar claro: lo siento, pero no los escucho. Es una impresión, una contundente presión en el pecho que va aumentando. Lo sé: hay algo que me viene a buscar decididamente. ​Sigo tranquilo. Abro la heladera y me sirvo un vaso helado de zumo de pomelo rosado; tomo de yapa algunas frutillas frescas. Lo espero porque sé que, si él me viene a buscar, no hay dónde escapar y lo que decida por mí está bien. Alto, flaco, robusto. Pasa semiagachado por la puerta de la habitación mientras bebo un trago de mi zumo. No dejo de mirar el monitor de mi notebook como si su presencia no me importara; en realidad, es que no tengo de otra. Se sienta. Me mira fijo, potente. Okay, ya no puedo fingir. Giro y veo su rostro serio, apagado, amargado. Un ser de este planeta, como hecho de árbol y musgo, rodeado de setas, húmedo. Pareciera que viene de algún pantano. Me mira, no habla; sin embargo, me transmite una paz inquietante. Puedo ver cómo algunos bichos recorren su cuerpo, puedo sentir el olor a bosque mojado que lo impregna. ​Sin mediar palabra, sin abrir su boca que pareciera no tener, siento en mi mente cómo se comunica conmigo. Sé quién es: mi espíritu, quien me acompaña, quien a mi lado siempre está. Mi Ancestro. Escucho su voz en mi mente, fuerte como un susurro grave de ultratumba: ​—Ya es hora. —¿De qué? ¿Me toca partir? —Sí. —Creí que la muerte sería distinta. —Tu ignorancia debe guardar silencio... tienes que aprender. —Okei... entonces qué sucederá. —Es un viaje... a tu pasado... —Prefiero el futur... —Hace silencio, me caes mal... sin embargo... soy responsable de tu aprendizaje... tenemos que irnos. ​Y así fue como sucedió: tomó mi mano repentinamente, como un disparo. Sentí su piel helada y el pulso de los insectos traspasando hacia mí. No pasó nada hasta que pestañeé. Cuando abrí nuevamente los ojos, estaba ahí. Pude ver como desde las alturas ambas habitaciones en la penumbra, iluminadas por las pantallas de los celulares. Somos ella y yo. Los dos escribiéndonos. ​Pude recordar en ese instante cada letra, cada emoción y cada cuidado mutuo. Cómo abrí mi corazón sin miedo y cómo ella, sin dudarlo, entró a abrazarlo fuerte. Mirando cómo los dos nos escribimos, amándonos profundamente con el único deseo de hacer feliz al otro y ser eternos en ese servicio. Recordé cuánto amé y cuánto me amaron. Cuánta risa y cuánto deseo; sin dudas una conexión profunda como el averno de pasión que nos prometimos. El espíritu me llevó a mi pasado para que vea quién fui y quién deje de ser, cómo ame incondicionalmente. Cuando caí en cuenta, mientras paseaba por todas esas charlas y momentos de amor, me sentí enamorado de ella nuevamente. Cuando volví a sentir su amor, pestañeé y estaba nuevamente en mi cuarto. ​Él se levantó. Me miró profundo, haciendo que me sienta tan chico, tan pequeño. Y volvió a susurrar en mi mente: ​—No es mi agrado tener que tomar el trabajo de dejar mi lugar, trasladarme aquí y llevarte a que recuerdes; porque sin pasado no hay presente. No puedo permitir que sigas dilapidando en estiércol las perlas que te han adornado. Este viaje es de aprendizaje y de conocimientos. No vuelvas a olvidar. ​Muy lentamente se fue. Solo quedó paz. Exorcizó mi hogar de los fantasmas, liberó a las almas violentas, me puso de pie. Me mostró el manantial de agua pura en el que creamos y habitamos, del cual bebí y viví; el refugio donde descanse y sané. Hoy, recordar cómo mi copa desbordó de aquella cristalina agua vuelve a inundar mi vida y mi corazón. A la distancia, vuelve a curarme e hidratarme. Nuevamente esa estrella es mi tesoro y mi norte. Mi brújula en esta ruta. ​Qué ganas de agradecerle, pero no debo; mi manera más sana hoy de decirle te amo es mantener la distancia y el silencio. Si nos sigue uniendo el mismo hilo eterno, la vida la traerá nuevamente a mi destino; si aquella vieja ecuación física es cierta, algo sucederá a mi favor; la esperanza y la muerte son cosas que nadie puede robar. Ella sentirá por la energía que nos conecta las sensaciones que hoy emano. ​Hoy, alma fuerte, me trajo la calma, la paz y la claridad. Hoy no estás, y si en no estar esta tu felicidad, solo decirte gracias, perdón, te amo y dejarte ir más lejos. Debo disfrutar de este efímero regalo de un recuerdo eterno. Mañana volverán a mi hogar a habitar las viejas almas y los violentos fantasmas. Me espera la batalla ardua en soledad: obligarlos a guardar silencio. ​Quedan, tal vez por suerte o desgracia, ¿40 Navidades? ¿40 años nuevos? ¿40 agrias primaveras que tolerar con el recuerdo del aroma de una flor que ya no puedo tocar? A mi amigo y compañero, gracias. Te espero pronto para viajar al pasado y quedarme en él, quedar en el recuerdo de otras mentes. ​A mi eterna compañera: te llevare grabada en mi espalda por siempre.

lunes, 16 de febrero de 2026

En el Desierto

¿Me quieren encontrar? Tal vez. Es fácil reconocerme sentado donde estoy; es un paisaje plano. No hay movimiento ni saltos, ni vida; tampoco, por ende, muerte. Donde el cielo besa la tierra, mires donde mires. 360 grados de un todo que contiene tanta quietud y silencio donde nació y escapó el más absoluto nihilismo abyecto. Inerte. El suelo árido, liso. El sol quieto, infinito en el cenit, no deja espacio para las sombras puesto que la absoluta nada es iluminada. El calor es constante. No hay brisa de ningún tipo que entorpezca mi pensar, encerrado tal vez en el lugar donde el vacío y lo estéril se hacen amigos. Donde no importa cuánto camines, seguirás en el mismo lugar árido. Tan árido, tan ardido... que no deja espacio siquiera para la incertidumbre de preocuparse por dónde estás. Puesto que lo sé: toco el piso, miro el cielo, un celeste magnífico sin fin. No quiero luchar, solo estar. Me acuesto, abro los brazos, respiro y trago saliva. Nada que hacer. No hay donde huir. La extinción de todo sueño que se diluye es lo único que persiste: la inexorable consecuencia de poder hacerse uno con el paisaje y aprender a habitar lo inhabitable. Para ser hay que hacer... y en esta Nada, no queda otra que en Nada transformarse. La evaporación del deseo. Lo siento como sale de mis poros. Siento cómo arden mis manos al escurrirse entre mis dedos la fantasía. La libido, como humo, brota y se evapora. No hay nada. No hay nadie. No estoy. Y sin duda alguna lo inerte, lo carente, lo desolado se huele, se saborea y se palpa de una forma que las palabras no pueden explicar. No hay fechas ni calendario y, por alguna razón, el tiempo que fatídicamente trabaja en este punto parece no pasar. De alguna u otra forma logro subsistir. No hay hambre, no hay sueño, no hay necesidad. No hay. Tal vez ya soy un alma en pena viviendo en el infierno y no lo noté. Tal vez soy carne que no quiere partir. Tal vez. No quiero que me busquen, mucho menos que me encuentren. En este sitio donde no se llega, donde nadie está ni quiere estarlo. Por miedoso que parezca, estoy seguro. En la paradoja dicotómica de vivir en la madre de las incertidumbres, obtengo seguridad. Aquí donde nada hay, nada afecta, nada pasa. Nada pasará. Atentamente; ya soy de piedra

sábado, 14 de febrero de 2026

Todo Humea

Es un año de antaño que, luego de lo sucedido, no recuerdo bien cuál. Tampoco importa. Sé que es otra vez primavera; una maldita primavera que, desde que tengo recuerdo, no recuerdo una buena. ​El clima es bueno. La ciudad se mueve con su natural entrópica forma de latir. El sol ya asomó y se eleva dando aviso que calor no va a faltar, aunque también lo acompaña una suave brisa de lo poco que queda del invierno. Desperté sintiendo la calma del ojo del huracán, consciente de que vivo en uno. ​Una naranja, unas tostadas y unos huevos revueltos. Media pastilla de ansiolítico y echarle las ganas de las que ya no queda, con la energía de la que carezco. ​Camino a la parada del colectivo. Pienso: ¿y ahora qué? Siento un tiro en el pecho. Si fuese con mis manos al esternón, podría meter los dedos por las cavidades. Mi cardíaco músculo sigue latiendo a fuerza de tesón y de ser de hierro. Razón por la cual se siente tan pesado. Razón por la cual lo siento tan pesado. ​Se encienden las alarmas, una por una; de la menos sensible a la más furibunda de los peligros reales. Una a una las escucho y reconozco. Me mantengo en calma. No importa el bombardeo que viene, no hay bombardeo que me detenga. Un sargento, un veterano, no huye de la guerra. Se queda en la guerra; la gana o la pierde. No huye, es parte de la guerra en sí. Está en su esencia. ​Caen las bombas, vuelan metrallas. Camino entre las esquirlas, dejo que se encarnen. Muestro que no duelen. Muestro que soy más que ellas. Sigo paseando, jugando entre humos y gritos descarnados; entre pedidos de ayuda, dolor y fuego. Lo miro todo, saboreo cada detalle, lo siento adentro. Mi corazón a carbón, aunque viejo y poco tecnológico, es fiel. Es leal. No afloja por más que aprieta la atmósfera. ​El calor de las explosiones eleva la temperatura; es un verano momentáneo. El sol no puede verse por las columnas humeantes de las antiguas construcciones que se derrumban de a poco, devoradas por la destrucción. Una explosión increíble se desata frente a mí. Vuelo y caigo junto a una pila de escombros calientes. Y justo frente a mis ojos, pude ver en cámara lenta cómo todo sucedía desde el momento cero en que del arma proyectil nacía el fuego y la violencia. ​De pronto todo es calma. Sin embargo, todo humea. Todo es gris, hollín y fuego encendido. Ya no hay destrucción, es la calma de la posguerra... todavía no se huelen los cadáveres pero están ahí, ardiendo. Fríos de vida, candentes de muerte. ​Recorro cada centímetro de la ciudad. Recuerdo cada pasadizo y árbol; cada frente. Entiendo perfectamente la guerra, la debacle y el horror. Sé los porqué de cada porqué, pero me repito: ¿Pero por qué? ​Quien bombardea, antes de tirar las bombas, ve la belleza, ve la vida. Y casi sospecho, sin culpa, que en favor de la libertad lo corrompe todo. Lo entiendo. Lo perdono... Y pienso: ¿Le interesa ser perdonado a quien se justifica en libertad? ¿O creerá que la nueva vida solo es posible después del deceso y el aniquilamiento en masa? ​El humo sigue. Pasan los días, los incendios se apagan y los cadáveres partidos emanan sus perfumes. Lo tétrico del paisaje es que la paz absoluta en la que me encuentro como único sobreviviente es que esto ya no es una ciudad llena de vida; solo un cementerio abandonado que nadie visitará. Ya están todos muertos. ​Aunque conozco bien la ciudad, pareciera que lo aturdido no se quita. Por más que recorro sus calles, termino en el centro, en la plaza otra vez. Nuevamente. Se repite. Otra vez. Finalmente: se repite. ​Sin fuerzas para curar mis heridas, solo espero que cicatricen solas. O si no lo hacen, que permitan vivir dignamente sabiendo llevar en silencio el ardor de la convivencia. Porque no todo lo que se tiene para decir, debe ser dicho. Porque sus dolores, mis dolores; y ante mis dolores, sus rutas. ​Como una sutileza del Diablo, como un consejo de Escrutopo a su sobrino; una sonrisa sin destino. Me quedo en medio del desastre, con la sensación de un perro que corrió desesperado hasta que se desollaron sus patas en el asfalto caliente tras los dueños que lo abandonaron. ​Quedo ahí, al costado de la ruta, en el centro de una plaza. Todo me lleva ahí, y de ahí no debí salir. ​El humo desaparece y de esta nueva necrópolis de derrumbes, huesos, sangre seca y recuerdos olvidados, nace un nuevo abrumador desierto. Espero la paz, pero no llega. Y solo el sórdido ruido de espadas cortantes está en mi cabeza; grabando en mi psiquis una y otra vez las fotos de lo vivido, para dejar tallado el pasado en el presente, por siempre. No hay más que esperar a que el tiempo perdido haga su trabajo. Nadie nos enseña a olvidar; solo pertenecemos al olvido. ​Respiro profundo. Me tiro en el pasto. Pareciera que pudiese escuchar a la gente alrededor. El sol templa mi piel; una sonrisa en mi rostro y el recuerdo del caos. ​Sargento, la guerra terminó. Ya no luches. Ya podés salir.

lunes, 20 de octubre de 2025

Remo

Es un día precioso; la primavera está en pleno florecimiento, y en el cielo el sol destella con fuerza. Todo salió como lo había preparado. No fue algo de esta semana, ni la otra, ni la anterior de la anterior. Lo pensé y preparé durante meses: aprender nuevas técnicas, aprender natación, escuchar a los que saben, tomar clases, recordar experiencias pasadas; en definitiva, aprender a aprender para poder brindar. Sin embargo, más allá de los miedos y ambigüedades, esta semana fue una fiesta. Pensé cada detalle: la cena, el desayuno, qué cosas llevar, cómo ir, y un *outfit* que me haga brillar como el sol que ilumina, porque hay una estrella a la que quiero encandilar. La elegiste a ella para tu primer viaje, para esa experiencia de incertidumbre y miedo. Ella te eligió a vos, porque no con otra persona se animaría. Eso la hizo la compañera ideal, porque mientras vos trabajabas, ella también pensaba, también preparaba, y con el mismo amor compró todo y lo preparó todo, sin dejar detalle fuera ni cabo sin atar. Con ella, todo riesgo es una aventura. La noche anterior, la miro preparar, estar, reír y dormir. Me llega a la mente la seguridad y confianza de saber: sí, esa persona es la que quiero para esta aventura, este viaje y muchos más. Despertás por la mañana y ahí está, durmiendo dulcemente. Se despierta, y sin dudas, al ver su sonrisa, sabés que está al pie del cañón, totalmente preparada, y solo puedo sentir cómo se me infla el pecho de orgullo y ganas. Es un viaje que a ciencia cierta no sé cómo va a salir, pero, sin embargo, mi aliada me inspira una confianza arrolladora: lo puedo todo y más. Así comienza el día, el viaje hacia el verdadero punto de partida: el muelle del club La Marina. Tomamos algunos transbordos y, entre risas, charlas y complicidad, llegamos alegremente al club. El día está sensacional, y si lo repetís fuerte internamente, nada puede salir mal. Lo tienen todo: las ganas, el amor, el compañerismo y la fuerza, junto a un puñado de sueños, mate, comida en abundancia y ganas de vivir. En los vestuarios nos cambiamos, nos preparamos y, ya listos, pedimos el bote. Hago el registro. Todo avanza; cada segundo queda grabado en mi memoria. Remada a remada nos vamos comprendiendo. Ella me hace de timonel; ahora mi compañera guía el camino mientras yo remo con fuerza. Con mucha paciencia y amor se adapta a mis correcciones, presta atención, se equivoca y se ríe, se deja sorprender por el vértigo y vuelve a reír. Cada momento que pasa me enamoro más y más, y por momentos no sé si estoy remando o volando. Su rostro es de porcelana y me permito perderme en él, porque total, ella dirige. Le sigo marcando el ritmo y, entre ayudas y remadas, ella da lo mejor. No se queja por más que tiene miedo y no lo dice, sigue entregada a hacerse cargo de algo que nunca experimentó, y yo solo puedo amar esos detalles. Entre oleajes molestos y fuertes, y barcos poco gentiles a la hora de rebasarnos, avanzamos remada a remada. Pareciera que en cada una de ellas puedo mirarla y reafirmar lo especial que es para mí. Ella disfruta del paisaje, yo me embriago de ella. El río se vuelve manso como el paño de una mesa de *pool*, el bote se desliza sobre el agua como si la cortara, como una tijera corta un paño de la seda más delicada. Las remadas son fluidas, el canto de los pajaritos, los árboles, la naturaleza... Solo hay risas y amor. Nos tomamos un tiempo para descansar, apreciar y relajarse en un muellesito abandonado que hay en un remanso del río. Luego de un rato, comenzamos el regreso. No sabemos dónde estamos, en realidad nos perdimos sin darnos cuenta, tampoco sabemos qué tanto nos alejamos. Cuando uno está con quien en serio ama, las distancias y el tiempo se desdibujan. Ahora, en el regreso, aunque con charlas y más risas, nos damos cuenta de lo lejos que nos fuimos. Mis piernas y brazos ya están cansados y la técnica me empieza a flaquear. No quiero decir nada, yo puedo si ella está de timonel, nos está guiando de regreso y es ella quien me sostiene sin siquiera saberlo. Sigo avanzando, mucho más cansado, pero firme, y a medida que volvemos a lugares más habitados, de cabañas y parajes, el camino y el oleaje se ponen más difíciles. Sin siquiera notarlo, van casi tres horas de remada. El sol que en un inicio era amigable ahora se pone agobiante, ya no es gentil y, aunque hermoso, hace sentir el rigor. En eso, noto que estoy deshidratado y que el agua que olvidé hace notar su ausencia. No imaginé que tan lejos podía llegar si ella está frente a mí. No importa qué tanto se está picando el río, estás decidido y mi timonel me alienta. Entonces llega el tramo final. El río, que de ida era difícil, pero menos transitado por la hora mañanera, ahora es una autopista de lanchas colectivos y catamaranes de ambos lados. Lanchas que pasan a toda velocidad, motos de agua y yates de una envergadura que te hacen sentir ínfimo. Las aguas se ponen bravas: oleaje y contra-oleaje, y el río Luján, como suerte del destino, va en contra de tu sentido. Ahora que casi no se puede avanzar, estás más que agotado, casi completamente depletado, pero que mi timonel tenga el mando del bote es menester para que no deje de remar con más fuerza en medio de un río enardecido. El río se agita más y más. Ya no importa cómo, ni dónde posicionar el bote; el oleaje es implacable y ningún lugar es seguro. La adrenalina te desborda y las fuerzas te abandonan, pero seguís, porque ella, mi timonel de este viaje, no deja de alentarme, y son sus fuerzas las que ahora me impiden abandonar. Ella me alienta, me ampara, me motiva la resiliencia. Ves en su rostro la seguridad de un capitán del Mar de Bering, sin embargo, sabés que siente un miedo que por mí jamás me querrá decir. Ese *plus* de no importar los miedos, de ser firme, eso me alimenta con la energía del sol que sigue golpeando inclemente. Seguimos río en contra, el río completamente batido. Mis piernas duelen desde los huesos, tengo que remar, porque si no remo, ella no puede timonear. Así que por ella remás. La espalda no me da más del dolor, los brazos no me responden, no los siento, pero voy a remar. Estamos muy cerca, pero avanzar un metro puede tomar más que minutos; es cerca, pero muy lejos. No importa, algunos muelles serranos invitan a abandonar, pero no, por ella no abandonás, por vos, remás. Duelen los viejos callos de otras épocas, las ampollas reventaron y remás sin piel en algunas partes de las manos. Los remos se ponen resbaladizos entre la transpiración y el líquido de las ampollas que no paran de sangrar. La cintura ya es un bloque y las piernas ya no soportan, pero remás, porque cada vez que levantás la vista ardida por la transpiración que cae, la ves: está ella. Y la amás. Y cada vez que bajás la vista para solo enfocarte en remar, está su voz, y cada remada que das es la mejor manera que tenés de decirle te amo. No importa cuánto mi mente me diga que afloje, mi corazón es tenaz y rema. No me rindo, no puedo, no debo, no sé hacerlo. Remo y corazón. Todo el cuerpo está en una cámara de vil tortura y cada momento es un golpe o latigazo. Ya nada me responde, las muñecas a penas pueden girar las palas, el tiempo pasa, el bote parece no avanzar, el río en contra parece un rápido en bajada y las olas traicioneras empiezan cada tanto a colarse dentro del bote. Los barcos inmensos parecen jugar a pasar cerca, pero está ella, y la esperanza y confianza son mutuas, y remo. Que las ampollas sangren, que los callos se rajen, que el cuerpo sucumba, mi corazón infatigable sigue. Ella está en nuestro bote, tengo que remar. Tenés que poder, vas a poder, podés. El viaje amigable de inicio que nos recibió con una gran sonrisa, ahora es el verdugo que nos pone a prueba. Si dudo un momento, levanto la vista, miro hacia adelante, ella está ahí, escucho su voz fuerte, lo siento en mi corazón, voy a remar, no voy a parar. De un momento a otro, llegamos a la rampa del club. Las piernas no me responden siquiera para pararme. Todavía falta subir los ciento y tanto kilos del bote a rastras por la rampa y esos metros son kilómetros. Agarrar la esponja para sacar toda el agua que entró del oleaje. Las piernas tiemblan al caminar. Te sacás las zapatillas completamente mojadas. Voy al quiosco del club a comprar agua, aturdido de todo lo sucedido, mientras ella prepara la merienda con amor y alegría para reponernos juntos de un viaje tan especial como arduo. Prepara cada alimento con la misma entrega con la que me vio remar, y con amor me potenció a no bajar los brazos. Te tirás al pasto y te da un sándwich casi con desesperación. Das un bocado, masticás suavemente, es lo mejor que probaste en tu vida. Tomás un trago de agua, se quedan mirando, sonreímos, porque lo sabés y lo sabe: por ella remás a donde sea, no importa cómo ni a qué costo, porque sabés que al final, ella está ahí para reconfortarte.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Chengü Rakin: Amor, soberbia, control

Una tarde de verano, mientras Chengü Rakin contempla el abismo desde un cerro, su paz y desolación se ven interrumpidas por la presencia de un joven cazador que claramente no pertenece a la zona. Su figura solitaria y su fortaleza innata despiertan en ella una curiosidad que desafía sus miedos y tabúes. Lo observa durante largos días y noches, prestando vital atención a sus movimientos con una mezcla de fascinación y anhelo. Aunque él es consciente de su presencia, no muestra un atisbo de miedo, lo que despierta en Chengü Rakin un impulso irresistible de acercarse. El cazador no es como los demás. Su vestimenta refinada y su meticuloso interés por distinguir entre piedras y árboles petrificados lo convierten en el objeto de un juego de seducción que Chengü Rakin emprende con astucia e inteligencia. Deja pistas sutiles: puntas de flechas antiguas que extrae entre sus escamas y frutas dulces del bosque, atrayéndolo a su guarida. Cuando se encuentran, él queda hipnotizado por la belleza de Chengü Rakin, pero su deseo no se enfoca en su sangre o magia, sino en la cruel satisfacción de someter su libertad. Su mirada es de dominio.. Con el tiempo, por obediencia y cansancio, cede a las demandas hipnóticas del cazador, quien, con su verborragia, la convence una y otra vez de parir. La somete repetidamente, la abandona, la destierra de sus bosques y montañas, y se marcha en busca de nuevas aventuras. De vez en cuando le pide, sabiendo de su don para regenerarse, una cabeza, como un acto de amor vil. Ella, gentil y adolorida, cede y permite ser mutilada para que él pueda exhibir el trofeo. El cazador le arrebata lo más precioso: su alma, el núcleo de su poder. Chengü Rakin deja de ser una majestuosa hidra y se transforma en una simple mascota, una prisionera de su propia esperanza traicionada. La soberbia del cazador se disfraza de buenos tratos, su control se envuelve en una fachada de protección y educación, mientras ella se hunde en la humillación de una sumisión que desgasta su espíritu. Él no busca lo que otros en su cacería; no quiere sus beneficios. Busca demostrar que, como humano, es superior a ella. No caza por necesidad; caza por poder, por el placer de hacerlo, por imponerse. Se alimenta del sometimiento y, sobre una pila de cráneos, se erige. Se da cuenta de que no la amaba a ella; amaba que los demás lo admiraran por tenerla bajo su yugo, presión y disciplina. "No hagas, no toques, no mires, no salgas". Como cazador experimentado, él sabe, y solo él sabe, qué es bueno para ella. "Mira cómo los demás me idolatran; soy grande, más grande que tus poderes; soy más poderoso que la hidra que se regenera." A medida que pasa el tiempo, Chengü Rakin cede a los pedidos hipnóticos del cazador, no por deseo, sino por una obediencia rendida al cansancio y al desgaste. La lleva a parir una y otra vez, no por aprecio, sino como una cruel demostración de poder. La abandona y la destierra de sus bosques, dejándola sola en una especie de esquizofrenia, mientras él se embarca en nuevas aventuras. En uno de sus viajes, mientras la deja por otras aventuras, un cuidador de la zona la trata con benevolencia, aunque de manera algo descuidada. Ella se encariña con él, pero, acostumbrada a la violencia, no ve en él a alguien que pueda sanar su herida alma. Conviven un tiempo y, aunque él no pide ni su sangre, ni sus cabezas, ni obediencia, ella no logra adaptarse. Acostumbrada a ver la violencia como signo de amor y la cacería como deseo, esta percepción afecta su relación. Chengü Rakin enseña al cuidador su magia ancestral, y juntos engendran una nueva cría. Sin embargo, la llegada de esta nueva vida se convierte en una carga abrumadora para el cuidador, ya sobrecargado por las crías anteriores. La responsabilidad de cuidar a estas crías pesa sobre él como cien toneladas, mientras Chengü Rakin observa, una vez más, cómo el abandono toma una nueva forma. Esto la deja nuevamente abrumada; acostumbrada al castigo, a la servidumbre, a entregar sin recibir, a ser esclava y sometida, no puede ver su vida fuera de ese esquema, de esa jaula. Así, a pesar del tormento que implica, Chengü Rakin busca a su antiguo cazador, que ha madurado en una figura aún más imponente y despiadada. Él ya no es el joven cazador que conoció, sino un ser más fuerte, soberbio y déspota, cuyas pretensiones de divinidad gigantes lo hacen sentir un dios terrenal. Lo busca, lo encuentra y él vuelve a someterla. Una vez más, le exige su cabeza, le demanda esfuerzo, trabajo y una nueva cría para terminar por aplastar su alma ya marchita. Continúa con la extorsión, la prisión, la carga y el abatimiento; una bestia como ella no siente, solo actúa. Debe cumplir, y ella cumple. Ahora, ya vieja y aplastada por el peso de su historia, sigue entregando su escasa energía a sus hijos para que no sufran lo que ella sufrió, para que vuelen más alto. Sus primeras crías ya dieron a sus nietos, que no tienen magia ni son hidras, y solo quedan dos crías menores a quienes entrega lo poco que le queda de ella, tan poco que no alcanza a terminar su tarea. En sus últimos días, Chengü Rakin muere lentamente, agonizante y desequilibrada ante los ojos indiferentes del cazador, que prefiere mil veces verla morir antes que hacerse cargo de su vida y salud. Ya le quitó todo; ya no la necesita. Enferma poco a poco; no solo su cuerpo, sino también su mente y corazón, todo su ser empieza a colapsar. Finalmente, se desploma, y un mes después, la muerte la envuelve en un sueño liberador. En su último aliento, su ruego es que sus nietos sean protegidos, que no sufran la misma suerte que ella, que encuentren un vuelo libre y elevado, lejos del tormento que ella conoció.

Chengü Rakin: Se nace y se curte

Demos un paseo juntos, retrocedamos en el tiempo a una historia de hace muchos años. El día lluvioso, con su mate amargo, se vuelve especialmente amigable al paladar, en sabor y temperatura, deleitando a cualquier paisano que se siente sureño. Hace poco llegué a Buenos Aires en un gris día de agosto, un jueves 1.º de agosto que no olvidaré. La ciudad cosmopolita recibía a este criollo, mitad gaucho y mitad mapuche, con lluvia y tempestad. Me perdí en las calles del barrio Urquiza. En uno de sus parques encontré una vieja casona, un antiguo casco de estancia. Allí había una biblioteca popular con un aire añejo, perfumada con aroma a lustra muebles y madera. Al pasear entre los libros, me llamó la atención un volumen de tapa dura, con encuadernación algo maltratada y hojas amarillentas que evidencian su edad. El libro se llama Viejas historias de la mitología griega. Mientras me siento en una de las mesas, el aire del césped mojado, con su verde intenso y la lluvia, crea el clima perfecto para leer. Pido permiso para tomar mate, que me conceden con la indicación de no ensuciar ni manchar. —Hoy lo permito porque no hay nadie, ni creo que venga alguien, pero por favor, tenga cuidado, ya que hay ejemplares difíciles de conseguir. Asentí con respeto y aseguré que todo estaría bajo control, y comencé a leer aquel libro. Entre las muchas historias, una captó especialmente mi atención: "La Hidra de Lerna". Esta serpiente mitológica se caracteriza por regenerar cada cabeza que le cortan. Esto me recordó una historia de mi pueblo, un mito similar. En la zona del río Toltén, entre los bosques de pehuenches y al sur del cerro Ñielol, vivía una serpiente similar en la cordillera, famosa por su capacidad de regenerarse incluso después de ser atacada mortalmente. La leyenda dice que, a pesar de su agresividad, también era vulnerable, lo que llevó a la región a buscarla con el fin de obtener su sangre. De joven, vio cómo mataban a su padre, el gran dragón, para extraer un poco de su fortaleza y vida eterna. Con espada, abrieron su estómago, extrajeron sus entrañas y escurrieron hasta la última gota de su sangre para curar heridas de guerreros y enfermedades incurables. Crearon diversos ungüentos y usaron su piel para formar objetos de gran poder y misticismo. Ella, la hidra, cuyo nombre era Chengü Rakin, logró huir con su madre de aquella sangrienta cacería. Durante un buen tiempo vivió en paz bajo las fuertes reglas y castigos de su madre, y al alcanzar la madurez, fue expulsada de la cueva materna, como exige el mandato natural. En busca de refugio en la cordillera, fue encontrada por cazadores que, sabiendo que quedaban pocas como ella, no la mataron sino que la encadenaron para forzarla a engendrar. De su cria poco se supo, ya que, tras el macabro ritual, los cazadores se marcharon victoriosos. En agonía por soportar tal humillación, miró al cielo y pidió fuerzas a su padre una vez más, como había hecho en su niñez. Solía regresar al lugar donde él había sido desmembrado, con la esperanza de que de la tierra y de algún fragmento de hueso surgiera de nuevo el gran dragón. Rogaba por su regreso, por su fuerza y valentía. Reunió fuerzas y cruzó hacia lo que hoy conocemos como Argentina, para refugiarse entre los bosques de la precordillera y tratar de huir de los cazadores usando el cordón montañoso como protección. Ingenuidad total, ya que en el otro lado ya se conocía su historia y también la buscaban para obtener su sangre. Nuevamente le dieron asedio hasta cazarla y la forzaron a engendrar, pero esta vez no lograron arrebatarle a su cría. Tras el ritual oscuro, la noticia se difundió, y fue su madre quien, indignada al enterarse de la imprudencia de su hija por no haber logrado mantenerse a resguardo, la hizo caer nuevamente en cautiverio. Furiosa, fue a su rescate, no para darle cobijo, sino para llevarse con ella a la cría de su hija, desterrándola por imprudente, por permitir que los humanos obtuvieran con facilidad el poder que de ella emana. Ahora, no solo lastimada por ajenos, es agredida y desterrada por quien es su madre, la más implacable de las juezas Exhausta y sin alma, Chengü Rakin busca refugio una vez más. Como un alma errante sin esperanza, encuentra a una anciana bruja que le ofrece consuelo y alimento, un breve respiro en su tormento, aunque le aclara que deberá buscar su propio sustento. Aunque le brinda asilo, su generosidad queda opacada por la imposibilidad de cubrir el voraz apetito de una gran serpiente. Temerosa de cazar, una actividad ajena a ella por su inexperiencia, Chengü Rakin se ve obligada a negociar con cazadores forasteros, intercambiando un litro de su sangre por carne de vacuno, un retazo de su piel por un trozo de cerdo. Cada corte y herida no solo lastiman su cuerpo, sino también su orgullo y dignidad, pues la humillación de vender su propio ser por no poder cazar es más dolorosa que el sufrimiento físico. Incapaz de soportar más esta degradación, Chengü Rakin elige la agonía de la inanición sobre la humillación de seguir transaccionando. Al caer la noche, vuela hacia la costa, impulsada por el hambre, en busca de un cadáver de ballena para alimentarse. Aunque algo podrido, logra llenar su abdomen y llevarlo a su guarida para resguardarse. Una madrugada, la soledad la golpea brutalmente una vez más. Al regresar con su botín, descubre que su amiga, la bruja, ha desaparecido. El silencio la envuelve y la incertidumbre es infinita. Una vez más, queda sola, rezando a su padre con voz quebrada: 'Dame fuerza Pasan las noches y los días. El oscuro invierno patagónico es severo, y azota en las interminables noches que se alargan sin fin. Chengü Rakin, perdida en los gigantes laberintos andinos, extraña a su cría, a pesar de no haber sido deseada tiene la herida abierta por su ausencia en el corazón. Su cría le hace sentir más que una simple serpiente mágica. En medio de la profundidad de la cordillera y los vastos bosques sureños, se encuentra sola y abatida por su desdicha. Piensa en el porqué de esta vida que le toca en gracia.

sábado, 31 de agosto de 2024

Entre pesadillas y contrastes

Estoy en casa solo, ya es tarde y me encuentro cansado por una jornada laboral de 14 horas. Hace un momento terminé mi cena, unos mates amargos con un sándwich de mortadela y queso. Ya casi termino mi cigarro y voy al baño, me lavo los dientes, me seco el rostro con una toalla con un profundo olor a humedad y emprendo el corto camino hacia mi cuarto, que me espera. Es un cuarto chico y tan húmedo como la toalla con la que sequé mi rostro. Aunque frío, la cama, cálida, con los brazos abiertos, siempre lista para darle cobijo a mis tormentos. Respiro profundo mientras me recuesto, sé a la perfección la madrugada que me espera. El peso de la noche se cierne sobre mí y, sin poder evitarlo, rezo, rezo una vez más con la desesperación de quien ha perdido toda esperanza, en busca de una piedad que nunca llega, de una comprensión que nunca responde. En la oscuridad y en la desesperación, pido por mí, por vos y por ese verdugo incansable que se burla de los vestigios de mi mente. En medio de este desespero, me doy cuenta de que la fe, al igual que la muerte, siempre llega tarde. Oh, muchacho, a todo muerto le nace la fe cinco minutos antes de su muerte. Todos buscan, antes de morir, un poco de amor y refugio más allá de la intelectualidad, que no hace otra cosa que escupirnos en la cara la verdad absoluta de que nada existe y que no somos más que materia que responde a estímulos que nos vuelven locos: de amor, de ira, de miedo, de angustia, de soledad. Y esta última es tan mala compañera, hija de puta consejera, que no deja por un segundo de susurrarte al oído que no vales y no eres nada, ni siquiera para ti mismo. Cansado de este susurro que me carcome y así herido, antes de que el telón baje, antes de que cambie la fecha, emprendo mi viaje hacia un mundo agónico acompañado de quien es mi perro fiel, mi verdugo. Mis ojos se cierran, todo se vuelve en grises y sepia. Todavía escucho mi respiración y puedo sentir cómo él se acerca hacia mí. En este sitio, el calor de la cama no llega y parece que un frío invernal no me permite moverme. Puedo sentir la atmósfera presionar mi pecho, escucho mi propio grito en mi mente y, aunque no hay cuerdas, estoy atado; no puedo correr. Y con la calma de saber que no puedo ir a ningún lugar, él me toma por los pies y me sacude. Ese guardián sombrío me arrastra hacia su mazmorra, un lugar oscuro donde se gestan sus más perversos deleites. Camino a ella, cada paso me acerca más a las más profundas de mis bajezas, mostrándome la profundidad de las mismas. Puedo sentir cómo lo disfruta. Cada herida que inflige es más dolorosa que la anterior, penetrando hasta mis huesos, un dolor tan intenso, eléctrico, que me lleva al borde de la desesperación. Me mezo entre lapsos de calma y belleza y períodos de agonía y dolor. Ejecuta sus puñaladas punzantes una y otra vez, certeramente en los lugares que más duelen. Retuerce sus herramientas dentro mío, me mira fijo y revuelve la herida, mi alma retorciéndose de tristeza, pidiendo una y otra vez en cada oración que repite: "llévame con vos, llévame lejos, llévame." Lo hace con la sutileza justa que permite mantenerme en agonía para disfrutar el show. Llévame con vos, llévame lejos, llévame. Las imágenes se repiten una y otra vez; los puñales se repiten una y otra vez. Pero cuando eso no basta, cuando la tortura parece desvanecerse en la rutina del dolor, él añade nuevas formas de castigo: quemaduras que no cesan, fustas que desgarran sin parar mi piel, y entonces comprendo: no todo dolor es punzante. Hay un dolor que quema, que arde en lo profundo, un dolor que muerde y no suelta, que se aferra a cada fibra de tu ser, haciéndote sentir cada centímetro de piel, haciéndote reconocer que, aunque preferirías no estarlo, estás vivo. Vivo en un tiempo que pasa lentamente, eternamente, en un tiempo donde la calma no existe, donde la calma nunca llega. Todavía me quedan kilómetros de este infierno por caminar, todavía me quedan noches interminables por transitar. Y si pudieras experimentar, aunque solo fuera por un instante, el retorcido placer que él encuentra en mi sufrimiento, entenderías el porqué de tanto ensañamiento, el porqué de esta cruel y agónica danza de dolor y desesperación. Transpiro, me doy vuelta, cierro fuerte los ojos esperando que todo finalice sin darme cuenta, que todo sea una burla del destino que te dijo que sí para mostrarte luego que eso que vivís es tu herencia, de la cual no vas a escapar hoy, mañana ni nunca. Pasaron tres horas y media y la noche de invierno polar lleva castigándome unos tres días. Mi pulso se acelera, transpiro más, me retuerzo, giro a un lado, trato de escapar, sigo al otro y, como un esquizofrénico atrapado en un laberinto interminable con sus fantasmas, yo no logro alejar a mi verdugo de mi lado. Ya no puedo reconocer si disfruta más el dolor que produce o el desasosiego de mi rostro al verlo en cada giro, en cada esquina, disfrutando, gozando de mi dolor, de mi agónico vivir. ¡De pronto despierto! Como si el universo se apiadara de mí por un instante, todo terminó. O al menos eso espero. El reloj marca las 4:30 a.m. y, con la sensación de no haber dormido, las sábanas empapadas y las pulsaciones aceleradas, miro el techo. Ruego nuevamente para que este calvario haya terminado. Ahora, por fin, puedo descansar, eso me susurro, de las torturas que me tenía preparadas para el resto de mi calvario. Pero las imágenes, esas imágenes que él me dejó, laten aún en mi mente. Fotografías claras, tan claras, de lo que me regaló con esmero y dedicación, para que pase el resto del día con la certeza de que esto es mucho más que un sueño, supera con creces a una simple pesadilla. Es la alienante realidad, la que me consume, la que me atrapa, mientras miro el techo, buscando una calma que no llega y sucumbiendo en mí mismo. No te vas a ir sin un souvenir en qué pensar, ni soñando en la oscuridad de tu cuarto, ni en los pensamientos que te acompañan en la luz del día. Amigo fiel, verdugo incansable, volviste. Puedo decir con total seguridad que no te extrañé, pero de alguna forma, cada noche, cada batalla, cada enfrentamiento con tu sombra, ya la viví. Y la seguiré viviendo; me esperarás tranquilo porque sabes, estás seguro, que voy a volver. Pudieron pasar años, décadas, cambiaste de formas, pero nunca tus métodos, y ahora me tenés para vos, todas las noches, cada noche, cada amanecer oscuro. Sé que me extrañaste y eso, en algún punto, me reconforta, en la fría certeza de que siempre regresaré.